01 enero 2012

Liliputienses XVII - Cuando Mandy sueña

En el aire se respira el iodo, la arena... Se escuchan las olas y los botes de pescadores juntando las redes al final de la jornada de trabajo. Algunas voces se saludan, algunos niños ríen y gritan, algunas gaviotas sobrevuelan el pueblito.

Los pescadores cargan las redes en palos que montan en los hombros entre dos de ellos, y caminan rumbo a unas casitas blancas, todas iguales, y paralelas, en una leve pendiente.
Al final de la única calle se encuentra la única iglesia, con su única torre y su única campana, que fuese donada por un barco pesquero que anduvo de visita en esos días de temporal que casi los hace naufragar.

Los pescadores con sus redes en sus palos arrolladas, se detienen frente a las puertas justo cuando el solo empieza a besar el agua. Los niños se alborotan y las señoras salen a la puerta expectantes.

A la hora señalada, suena la campana de la iglesia y todos se meten a sus casitas blancas, abren las ventanas una a una, con suave sonido de bisagras.
Todos abren las mismas ventanas, iguales en cada una de sus casas, paralelas todas ellas, para que desde la primer casita de la calle a la última se pueda ver el mar.
Se forma un tunel de múltiples marcos en cuyo final se pone el sol en el horizonte.





Para Mandy, se resumía en "Dhar, acabo de tener un sueño muy lindo. Era un puebito de casas blancas y ¿podés creer que todos abrían las ventanas al mismo tiempo para que nadie se pierda ver la puesta de sol?. Y lo más lindo es que todas las casas estaban una al lado de la otra con las mismas ventanas, así, una en frente de la otra, para que eso pudiese ser posible. ¿No es lindo?"


Para mí, un hermoso deseo para el mundo en el año 2012.

Feliz año para todos!

23 julio 2011

Liliputienses XVI - Mandy, la constructora

Mandy se inclinó levemente sobra la mesa del comedor para verificar la estructura del castillo de cartas que acababa de construir. Pareció estar satisfecha con el resultado del segundo piso por lo que tomó dos cartas más del mazo para comenzar el tercero.
En ese momento me vio a través de la ventana y me llamó con su grito acostumbrado.
- Dhaaar! Volviste! Vení. Ayudame a armar esto! - Dijo señalando su castillo y haciendo amplios ademanes para que entre.
Su madre, escuchando el saludo, me abrió la puerta pocos segundos después y me saludó con singular alegría.
- Qué bueno que vuelvas por acá, Dharma. Ya me habían contado que estabas en el páis. ¿Te quedás? -
- Por el momento, es el plan. -
Me guió al comedor donde Mandy ya había colocado el tercer piso del castillo y me sonreía radiante. Se abalanzó con su acostumbrado abrazo-ventosa.
Fue entonces que me di cuenta cómo había crecido. Sus brazos ya acarcaban mi cintura hasta la espalda y había ganado por lo menos unos 15 cm desde la última vez que la vi.
- Qué grande que estás, Mandy! Ya sos toda una señorita. -
- No. Dhar. Soy la misma aunque mi cuerpo sea más grande. - Me contestó.
- Ah! Bueno. ¿Eso te hace menos señorita entonces? - Le dije, divertida.
- Ja! Te extrañé. ¿Te vas a quedar o te vas de viaje de nuevo? -
- La vida siempre es un viaje, pero por ahora, esta es mi parada. -
- Genial! Entonces ayudame con mi castillo. -
- Pero tu castillo viene bárbaro así. No necesitás mi ayuda realmente.-
- Claro que necesito! Aunque se vea bien, tiene algún problema. Me pasa que siempre armo el castillo hasta el tercer piso pero cuando le pongo el cuarto piso, se me cae. Nunca puedo. Necesito una segunda opinión, como dice mamá. -
- Oh... Ok. Veamos... - Le dije, más que nada sorprendida por el último comentario de Mandy.
El castillo se veía bien, o por lo menos parecido a los que yo solía hacer. Dos cartas en V invertida, al lado de otras iguales, y una encima, De hecho, la construcción me pareció muy regular y derechita. A veces uno tiende a inclunarse para algún lado y ahí es cuando se caen al llegar a los pisos más altos.
Finalmente comenté:
- Mandy, yo no veo problemas con la estructura. A veces no es ese el problema sino el pulso de uno, y la paciencia, cuando se llega a los últimos pisos. ¿Te tiembla mucho la mano cuando llegás al cuarto piso? -
- No sé, Dhar. Pero ya está! Ahora que estás, vamos a probar y tú me decís. -
- Bueno. -
En ese momento, la madre de Mandy, que seguía presente en el comedor, se apoyó en el marco de la puerta para observar la escena.
Mandy tomó dos cartas y las puso en posición de V invertida en el aire, y manteniendo esa posición, trasladó sus manos hasta la cima del castillo en construcción. Al llegar allí, cual si fuese una grúa, empezó a bajar sus manos sobre el lugar elegido para poner las cartas.
La estructura tambaleó un poco bajo el peso de la nueva incorporación, pero enseguida se detuvo. Mandy etonces repitió el procedimiento anterior, pero cuando estaba acercando las siguientes dos cartas, se inclinó sobre la mesa, muy a penas, y esta hizo vibrar el castillo que se desmoronó en todo un costado.
Enseguida Mandy me miró con alarma.
- Ves? Siempre pasa eso!! -
Estaba buscando mentalmente las palabras adecuadas para decirle a la niña en ese momento pero su madre se adelantó con un comentario inesperado desde la entrada de la sala.

- Por qué seguís empecinada en hacer esos castillos si se te caen? No es mejor que dediques tu tiempo en otra cosa? -
Yo ya estaba dispuesta a saltarle con las garras, pero Mandy fue más inteligente, y lo que le contestó, selló la discusión por completo.
- No, má. A mi me gusta hacerlo, me gusta mientras lo hago, aunque se me caiga. Soy feliz cuando lo armo. Y algún día me va a salir, pero para eso, primero se me van a caer muchos castillos. Si no se me caen ahora, entonces no voy a aprender nunca cómo hacerlos bien.-



(Dedicado para los que creen 
que los castillos de cartas, 
los de arena y los menos tangibles, 
llegarán a SER algún día realidad)

11 julio 2011

Palabras gigantes

Cuántas palabras menospreciadas, grandiosas, terribles, gloriosas, ingenuas, y simples, y sin embargo tan significativas.
Detrás de ellas, una imagen, o muchas, cientos de interpretaciones, millones diría, colores, sensaciones, emociones.
Palabras que se arrastran, que se alzan, que se llevan en la mochila, que se equivocan, que desfallecen, que desaparecen entre la boca y el oído.
Efímera vida la de las palabras gigantes. Pueden calmar fieras, arengar multitudes, cambiar vidas, pero mueren en su única labor: ser producto tangible de algo, alguien, y sin protestar, volver detrás de las bambalinas, donde el silencio es rey.
Amor, odio, vida, naturaleza, magia, maravilla, elocuencia, talento, luz, arte, encuentro, cariño, sonrisa, envidia, flor, niño, mujer y hombre, cielo, crecer, humanidad, guerra, infinito, soledad, alma, todo, nada, caos, meditación, muerte, cancer.

Subestimadas, sí. Gigantes, terribles y hermosas.

Hoy quisiera que alguna de ellas se llevara todo su significado también, ahí donde reina el silencio, habiendo sido a penas pronunciadas.

01 julio 2011

¿Qué va a llevar hoy, señorita?

- Buen día... eh... si... Hoy llevo un kilo de romance. Hace tiempo que no llevo de eso. -

11 junio 2011

Lo relativo del tiempo

Posiblemente los zapatos que hoy tengo puestos, a pesar de tener las suelas tan gastadas, duren más.

06 abril 2011

No entiendo

Parece que los argumentos más convincentes de las discusiones en las que he participado últimamente, apuntan a una sola cosa. "Ahora dijiste cosas de las que no te podés arrepentir" o "hay cosas que dijiste que no se pueden retirar", me dicen.
¿Por qué la gente se ensaña en convencerse de que las opiniones de uno, lo que dice en determinado momento, debe ser inamovible? ¿Para qué somos humanos? Si no le erramos, si no cambiamos, ¿de qué sirve la conciencia de ser?
No estoy de acuerdo. Digo cosas que me parecen las correctas en el momento que las digo, digo cosas de las cuales estoy convencida, o en el proceso de, lo cual no quiere decir que mañana o en 1 año o en 20 años no cambie de opinión sobre ellas. No, no me voy a arrepentir de decirlas. Sin embargo, sí hay gran probabilidad de que más adelante vea las cosas con otro cristal, y me diga: "mirá, ya no pienso así", o "ya o actúo así", o "ya no reacciono así".

Quizás lo que no entiendo es el uso de la frase. Usar esa frase como un ataque, como una amenaza a la conciencia, una premonición de que ahora el infierno me va a tragar porque dije tal o cual cosa. Mal uso de la expresión entonces. ¿Es posible que mi opinión no sea compartida?... si. ¿Tal vez el verdadero kid del asunto es que mi honestidad al respecto de algo sea hiriente o suene cruel?... podría ser dependiendo de la temática, pero si no lo digo, pecaría de hipócrita. ¿Es posible que mi opinión sea errada o desviada del tema principal de discusión?... lo es, pero no insistiría sobre algo de lo cual no estoy convencida al menos en la mayor parte. ¿Es posible que la frase sea una reacción inmediata al enfrentamiento con una idea sobre la cual es probable que tenga razón, y esa razón o esa idea, no es la que el otro quiere escuchar?... Esto creo que es en realidad lo que motiva una gran mayoría de las ocasiones en las que escucho que me contraargumentan con alguna de las frases que dije al principio.

No me asusta el acertijo, de todas formas. No me asusta cambiar de parecer, o de idea. No me molesta que mañana me despierte y una epifanía me indique que sobre ese tema de discusión ahora vea la luz absoluta, o un ancla me tire del pie insistiendo en que ese pensamiento que comuniqué estaba mal. Alguna de estas cosas siempre pasan si es que lo que buscás es crecer, y no tener siempre la razón.
Yo no quiero tener la razón, ese no es mi objetivo. Mi meta es comunicar mi punto de vista, sea errado o certero. No sé por qué para mis interlocutores parece que la cosa es ver quién gana el argumento, como si fuese un torneo, sin importar el contenido.

18 marzo 2011

Para el que hable más fuerte y claro

Uso mi voz en distintos niveles. La uso para hablar, para comunicar mis opiniones, mis aciertos y desaciertos, mis reflexiones, mis emociones (en la medida que pueda definirlas), mis sentimientos, mis alegrías y frustraciones. Cuando mi voz no alcanza para estos usos, uso mi cuerpo, mis expresiones faciales, mis gesticulaciones, mi andar, mi inmovilidad. Tanto es así que ni yo ni nadie lo hace concientemente, sino que voz y gestos van de la mano a la hora de comunicar.

También uso mi voz para expresar algo que siento que va más allá. Cuando canto, las palabras y los gestos se suman a la música, y comprendo que no hay mejor manera para mí de comunicación, tan completa, tan íntima y que me deja en evidencia, como si posara desnuda frente al oyente.

De los procesos más largos y que todavía continúo investigando, es cómo y hasta que punto la comunicación verbal debe o no hacer acto de presencia, y cómo y de qué forma, cantar puede ser un canal de comunicación completo y sustancial en mi vida. Es difícil no desconcertarse de vez en cuando en este proceso de conocimiento. Lograr esto que les cuento implica primeramente, encontrar otra voz, más importante: la voz interna.

Desde mi tierna edad hasta hoy, encontrar mi propia voz, en todos los niveles, en materia de pensamiento, de encontrar mi camino, mi forma de sentir y de ver el mundo, comprender que mi punto de vista no es errado si hay personas es desacuerdo con él, sino que es otro punto de vista más en el mundo, y artísticamente, entender que hay excelentes cantantes e intérpretes en la vuelta, mucho mejores que yo, pero que yo puedo aportar otra faceta, personal, a la interpretación y a la música, ha sido una tarea difícil, llena de obstáculos, de tropiezos, pero sumamente enriquecedora. Ha implicado otro proceso que es el de amarme a mí misma, valorarme por lo que soy, mis potencialidades y mis defectos, y no dejar que los últimos definan mi existencia.

Aprendí, o mejor dicho, vengo aprendiendo, a caerme y levantarme, a corregir, porque eso es importantísimo: asumir la equivocación y el error, y CORREGIR. Para eso uno debe vencer varios fantasmas, empezando por el ego propio, siguiendo por el orgullo, y en casos extremos la propia soberbia y vanidad que nos aqueja, eliminar la culpa, dejar de creernos invencibles, aceptar la ayuda de otros si es ofrecida de corazón, no dejarse convencer por cualquiera que se crea en posesión de la verdad absoluta y te regale un consejo que no pedías, solamente por el afán de mostrar superación personal (que en muchos casos no existe).

Dolina lo dijo mejor que yo en reiteradas ocasiones: "A mi no me asustan los ignorantes o ingenuos, ya que hablan desde su falta de conocimiento y eso es perdonable; a mi los que me asustan, para mi los que verdaderamente son de temer, son los estúpidos". Si bien es una fuerte aceveración, con etiqueta y todo, no puedo más que estar de acuerdo.

Si para mí encontrar mi voz interna ha sido y es un trabajo constante, difícil y eterno, yo cuento con la ventaja de haber crecido en una familia donde mis progenitores decidieron que la mejor manera de que crecieran sus hijas, era darles las herramientas para que ellas pudieran decidir por sí mismas, que puedan observar, analizar y sacar conclusiones de una situación, y se manejen con la mayor independencia posible. Eso, sumado a una cuota de détachement emocional, donde jamás me sentí una posesión de mis padres, sino todo lo contrario, lograron que mal o bien, con altos y bajos, yo encontrara el camino que decidí transitar, aunque no sea el más fácil, aunque esté plagado de etiquetas y prejuicios, pero cuyo recorrido me hace feliz.
Y más adelante en el camino me crucé con mentes afines, con emociones compartidas, con personas que, muchas veces en forma involuntaria, me han ayudado a seguir definiéndome, y seguir creciendo, corrigiendo, buscando.

Sin embargo, no todos tienen esta suerte (si puedo llamarle así). En estos últimos meses he visto cómo las voces internas de varias personas pero sobre todo de una en particular han sido manejadas, manipuladas, confundidas, redirigidas a placer por quienes se suponen que deben apoyar las elecciones que alguien hace en pos de su felicidad. He visto incongruencias en el discurso, he visto presiones externas impuestas para mantener a la voz interna acotada y aprisonada dentro de un marco que no le es propio, he observado cómo las acciones no se condicen con la oratoria de turno, cómo el trabajo fino de influencia sanguínea se mete por las venas de quien quiere libertad, para decidir, para crecer, para ser feliz.
He visto manotazos de ahogado de esa voz interna, en intentos desesperados por hacerse oír, intentos condenados al fracaso en dos o tres intercambios verbales fuertes y muchas veces, irrespetuosos del otro.

Me entristece, me hace sentir impotente el no poder arrojar luz o salvavidas a esa voz, porque no me corresponde, porque quién soy yo, con qué derecho o autoridad moral podría meterme en ese juego tan desparejo e injusto a defender qué, a pelear por qué...
Sin embargo siento urgente que haya un cambio, una parada, una crisis que cambie ese estado de las cosas, antes que sea demasiado tarde, antes de que esta voz se mimetice con las otras y se convenza de que debe ser así, de que no debe nadar a contracorriente, y se de por vencida.

No pensé estar en esta posición de ver lo que ocurre a mi alrededor, cuando mis propias circunstancias exigen hoy de acciones propias, mías y personales en pos de mi propia vida y felicidad. Las casualidades no existen. Quizás puedo reconocer esto que ocurre tan cerca de mí, porque yo misma estoy en un estado similar, o quizás esas circunstancias se acercaron a mí porque me encontraba receptiva a las mismas.

Me encantaría poder encontrar una certeza, una solución, aunque primitiva y parcial, para poder ser trampolín de un despertar, de un cambio para esa voz interna que mes es ajena, que no es la mía. En mi análisis y diagnóstico preliminar de lo que veo y entiendo que sucede, no encuentro la forma, ni gestos, ni palabras que no suenen trilladas, cliché o que no sean una imposición de mis propias opiniones.

Entonces me quedo patéticamente ahí, observando, escuchando, analizando, sin poder decir ni una sola frase, ya que no es requerida, no sería prudente. La impotencia me invade y mi propia voz se encuentra entonces en ese conflicto de intereses que me es ya bastante familiar. ¿Hasta que punto mi propia felicidad, mi propio avance puede ser detenido en pos de la felicidad o avance de alguien más? ¿Dónde está ese límite? ¿Cómo convencerme a mi misma de que debo seguir adelante con mi vida, cuando la de otros en mi camino está trastibillando y necesita una brújula?

La respuesta desde el centro de mi ser: silencio.