31 agosto 2006

Biografías

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No recuerdo haber nacido. De hecho, mi memoria puede remontarse, no sin mucho trabajo, hacia cierto acontecimiento en donde alguien corría un mosquitero de una cuna, que por supuesto, nunca volví a ver en todos los años que siguieron.
Mi segundo recuerdo es de más o menos mis tres años, cuando jugaba en la guardería con un latón azul, en el que había agua y me dedicaba a ahogar hormigas... aunque esos hechos están borrosos en mi mente.
Lo que ha medidado esos dos primeros recuerdos, no lo sabría decir. Quizás simplemente no era conciente de mi propia existencia, no lo suficiente como albergar recuerdos de haber sido, de haber nacido, de haber existido.
Mi memoria sólo recuerda dos hechos de mis cuatro años. El primero fue el haberme dado tremendo porrazo por sentarme en una de las cadenas gruesas que rodean los patios interiores del IAVA, liceo donde mi madre enseñó durante casi toda su carrera. El segundo, otro impacto, en la frente, cayendo de un banco en el jardín de casa, y viendo la sangre brotar del corte que me provocó el filo del cantero del limonero. De ese segundo recuerdo guardo además la cicatriz, que ha ido ascendiendo, escalando en mi frente, y hoy está más cerca del nacimiento de mi pelo de lo que estaba entonces.

A golpes se aprende, o al menos eso dicen por ahí... De hecho, hasta mis 7 años, me hice de una gran colección de golpes, porrazos, resbalones. Y luego de esa edad, aún así mantuve mi performance seudo masoquista desmayándome en cualquier lado, con el consecuente sonido sordo de mi cabeza golpeando las aceras. Mi hermana alguna vez se asustó cuando me graciosa y delicadamente me desvanecí en la parada de un bondi, y según ella, mis ojos se pusieron blancos.

No sé si habré aprendido muchas lecciones en esta vida, pero sí aprendí a evitar ciertos golpes, los físicos, a ser menos bruta por la vida. Claro que la Vida, ella, decidió que entonces iba a darme golpes de los otros, de los bajos. Pero saben que cuando uno ya sobrevivió a tanto vapuleo, genera como un cierto poder de amortiguamiento para las otras cosas.

Algunos me han dicho que es fuerza, fuerza de voluntad, o como quieran llamarlo. Yo creo que es nomás el hecho de curarse de espanto. Me muevo en base a la resolución de problemas.

Parece tonto, pero es cierto. Mis grandes avances, mis grandes logros surgen desde las cenizas de un fracaso, como el ave fénix. Claro que algunos dirán entonces que busco los problemas. Nada más lejos de la realidad. Si bien es así como evoluciono en cierta forma, y modifico ciertas actitudes para salir del pozo de turno, nada más quisiera yo a veces que estar finalmente en paz, sin necesidad de reaccionar ante circunstancias adversas.

Pero yo no iba a esto. O al menos esta no era la intención del relato. A lo que iba es a las huellas que dejan las vivencias, algunas visibles y otras no tanto, aunque para el ojo experimentado, las invisibles tampoco pasan desapercibidas.

Hoy me hablaron de las biografías fisionómicas, la historia que se oculta o se pone en evidencia en el rostro de las personas, y las conexiones de las circunstancias, los hechos, los objetos, las personas.
¿Cuándo empezamos a trazar esas líneas que nos conectan? ¿Comenzamos por uno, como un punto solitario? ¿Será que ya nacemos con ciertos lazos imperceptibles y es nuestra elección el reforzarlos o eliminarlos?
Yo diría que hay un poco de todo esto, metido en nuestra existencia, desde que tenemos memoria, o quizás antes. Nacemos sin líneas en la cara, y el tiempo va apergaminando la piel, creando surcos, dibujando en ella, como si fuésemos un lienzo.

Si bien no recuerdo haber nacido, quisiera al momento de mi muerte, mirar hacia atrás, ver más allá del tiempo, desandar los trazos, las líneas, las conexiones, y saber que mi existencia ha sido de alguna manera provechosa, no para mí necesariamente, sino para las personas que se han visto enlazadas en mis múltiples deambulares.

Suena utópico, lo sé. Hay cosas que no puedo cambiar, ni siquiera cuando estoy deprimida. Una de ellas es reír por lo más tonto. Si me tuviese que morir mañana, sé que al menos eso tengo en mi haber, un montón de risas acumuladas que nadie me va a quitar, que se quedarán conmigo, aún en el recuerdo ajeno, y extenderán mi existencia, hasta que no quede más memoria para recordarlas.

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Fotos de Eolo Perfido.

26 agosto 2006

Mexicaneando - Escenas del próximo capítulo

No me olvidé del museo de marionetas de Monterrey, ni del mariposario del zoológico del DF, en donde las mariposas revolotean alrededor de uno como ideas persistentes. Tampoco me olvidé de las casitas construidas en las pendientes de Oaxaca, ni de la ensalada de mariscos que comí al borde del Golfo de México en Veracruz (ni del acuario que no llegué a ver en esa misma ciudad).
Imposible olvidar el sabor de las tortillas de maíz y la planta mimosa de la casita de Xalapa que se estremecía al roce de mis dedos, el sabor de las frutas y los hongos, el acento de los niños, llenos de eses, las campanas polifónicas llamando a misa o anunciando un casamiento, los azulejos de las casas, en especial de las increíbles cocinas, y sobre todo, la calma de los sueños, y lo renovado de mis despertares.
Es cierto que además, quería conocer Guanajuato y Aguas Calientes, lugares donde fui amablemente invitada. También quería vivir de cerca la cultura yucateca, y visitar la región del Gran Nayar. Y en lo posible, conocer Chihuahua y remontar hasta Sinaloa y Sonora, dejarme deslumbrar por Palenque, recorrer toda la costa del Golfo de México, atravesando los diversos estados.

Obviamente un mes de tiempo no es suficiente, pero me considero satisfecha con este viaje.
Sin embargo, ya en una semana y media de estadía había decidido que se necesita mucho más tiempo, y que me han quedado demasiadas cuentas pendientes en este país como para no pensar en volver.
He notado además, que algunos mexicanos pasan toda una vida recorriendo todo el país, sin poder llegar siquiera a conocer verdaderamente un 70% de él.

Es por eso que ya me he fijado una nueva meta, porque si hay algo que no quiero es pasar toda la vida pensando en "qué habría pasado si..."

Habrá un regreso, lo más pronto posible, y en la medida en que las circunstancias me dejen, por tiempo indeterminado. Esto además espero que conteste algunos de los comentarios de la última crónica.

Les dejo aquí la recopilación de este viaje, para que entiendan el por qué de esta decisión.

Bienvenidos a México! - Escena 4 Demasiado pa' contar - Escena 5 Crónica electoral - Escena 6 Aperitivo Visual - Escena 7 Los que pasan y los que quedan - Escena 8 Odisea Oaxaqueña - Escena 9 Sueños en Monterrey

Despacito y por las piedras, para que no importe si salí ganando o perdí en el intento. Así vienen los planes.

23 agosto 2006

Mexicaneando - Escena 9 - Sueños en Monterrey

Monterrey es recurrente en mi mente desde que volví a Montevideo, y también lo fue estando allí, olfateando el aire, la lluvia escasa pero arrasante, como una explosión de cólera de una mujer estándar. El calor agobiante del día, y a veces en la noche, pero soportable con una botella o lata de cerveza siempre a mano, el cielo infame (como diría Samantha), pero acogedor, la música, el arte, los amigos, los encuentros, las calles, las casas, el descanso de mi mente, la sierra, el caos y rearreglo de mis emociones que encontraron por fin dónde y cómo encajar...
Por alguna razón, siento que esta ciudad estaba prefijada, aunque decidí el viaje estando en Oaxaca, o camino a Veracruz, no recuerdo bien. Y curiosamente, allí, en medio de ese calor del que en Montevideo ni siquiera podría soñar su existencia, a pesar de todo, y de las botellas de agua que vacié con avidez, por fin cuajaron todas las ideas, y se asentaron los pensamientos. Se puede decir que fue un viaje resolutivo.

Desde que he vuelto al hemisferio sur parece que hubiese una confabulación para que mis recuerdos reincidan, se dirijan todos juntos en patota hacia allí. Leo cualquier cosa, desde blogs hasta diarios, en la tele, en las conversaciones accidentales que me cruzo por la calle, todo me devuelve a esa ciudad. Todo, recurrentemente, como un despertador.

Entonces revivo los paseos por el Callejón del Artista donde exponen distintos hummm artistas (y hartistas), y sus callecitas empedradas, y el barullo de la noche, cuando la zona del viejo centro se transforma en el epicentro de la diversión nocturna. Y resucitan mis pasos por el mercado-exposición de artesanías de todos los estados ahí, entre el teatro y el museo, y ese brebaje que es hielo con chile y limón, llamdo "diablito", y el agua de caña, o los elotes asados que al fin me saqué las ganas de comer.
De vez en cuando recuerdo que en realidad, la sociedad regia, como se les llama a los oriundos de esta ciudad, tiene un trasfondo de falsa moral, y mejor dicho, moralina forzada, que pude apreciar en la forma de un letrero luminoso en la loma larga diciendo: "Valor del mes: humildad." Recuerdo lo ridículo de ver a los jóvenes en la noche, haciendo rugir los motores de sus autos reformados en donde han invertido todos sus ahorros, para ponerle además luces de neón en el piso, y bocinas originales, y cubre gomas nikeladas, y la mar en coche... La elite es la elite en este sitio.

Pero por suerte, las personas que conocí más de cerca escapan a esta descripción, y tienen algo más en la mente que el estatus social y la guita en el bolsillo. Estas personas tienen planes de vida y saben que habrá que pelearla. Será por eso que sentí ese relacionamiento como más paralelo y al nivel de mis emociones y pensamientos. Será por eso que sentí esa cosita que algunos le llaman pertenencia.
Debe haber sido la única ciudad de las que conocí en México, donde realmente tuve ese sentimiento de no ser sólo una extrangera husmeando en los rincones.

La noche tiene algunos lugares de referencia, como el Café Iguana, y su maravillosa pizza con acelga, altamente recomendable, y que a pesar del torturante volumen de la música rock, permite sentarse en un jardín interior a disfrutar una checha o dos mientras el aire hace mutis por quién sabe dónde y la fauna circula dejando que la mente divague en encuentros y desencuentros de la vida cotidiana.
Pero no es el único sitio que merece ser conocido. Luego de un arduo día de revolución estructural de una casa ajena (porque me pintó un día meter mano en casa ajena y aplicar mis pseudo conceptos de decoración), fue casi un regalo divino el encontrarse ya caída la noche, con blues en vivo en La Tumba, un lugar que ofrece toda la semana una interesante selección de bandas en vivo.

Y en esos sitios, otro nivel de la sociedad, no la elite de la que les hablaba, ronda como perro vagabundo y despierta la curiosidad (al menos la mía, aunque en esto las opiniones pueden ser encontradas y discutibles).

Pero exiten otros boliches, barcitos, cafés literarios, sobre todo en el centro histórico, y unos cuántos restaurantes donde el cabrito es bandereado como plato regional.

Es cierto, es una ciudad llena de movimiento, pero el calor parece aplacar la tensa vida que este urbanismo podría ocasionar, y las escenas del diario vivir parecen suceder en cámara lenta.

No me olvido de ese río seco, que cuando llueve se desborda y a cuyos lados han construido infinidad de canchas de futbol, e incluso una pista de carreras, y la enorme bandera en la punta de un cerro que flamea trabajosamente porque la brisa se hace desear.

Estar en Monterrey en esta época del año, supone vivir como bicho de desierto, saliendo de las madrigueras en la noche. Varias veces en esos días escuché el comentario de que en esa ciudad, se debería vivir de noche, que ciertamente es deliciosa, y sumada al paisaje lleno de luces, parece un refugio incluso para el más hermitaño.

Es casi una lástima que el diseño de la ciudad carezca de bocas de tormenta. Las pocas lluvias que pude vivir, son tormentas de media hora que provocan innundaciones casi en el acto. Pero viéndolo por el lado bueno, imagino que con unos años menos, hubiese aprovechado esas lluvias para hacer barcos de papel y ver qué tan lejos los lleva la inclinación de la calle. Si alguna vez hice eso mismo en Montevideo, creo que aquí no hubiese sido la excepción.

Aquí es donde empieza a desaparecer la Sierra Madre, que ya había conocido en su extremo sur, durante mi travesía por Oaxaca. A un lado se puede ver, hermosa, pero más árida, mientras que hacia el otro lado, el Cerro de la Silla de Montar le hace competencia.

Me quedo con las puestas de sol, y los amaneceres, y las caminatas por las placitas, donde las hurracas y los perros se divierten a sus anchas.

Y ustedes, mejor quédense con estas fotos, porque por fin me he quedado sin palabras.


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Gigantes urbanos y la noche.Image Hosted by ImageShack.us Image Hosted by ImageShack.us


Image Hosted by ImageShack.us Reflejado.


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Image Hosted by ImageShack.us ¿Risa o tristeza?



Image Hosted by ImageShack.us Image Hosted by ImageShack.us Llovió...

Image Hosted by ImageShack.us¿Te convido?

Con ustedes... la Sierra Madre desde el punto de vista regio.

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Y algunos de sus habitantes...

Image Hosted by ImageShack.us Lomo de burro.

Ojo de burro.Image Hosted by ImageShack.us


Image Hosted by ImageShack.us ¿Por qué la tortuga cruza la calle?


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PD. Para los regios que frecuentan esta casa, mis disculpan si me quedé corta esta vez. Creo que igual una imagen puede decir más, ¿no?

19 agosto 2006

Mexicaneando - Escena 8 - Odisea Oaxaqueña

Ese día el objetivo era el Mercado de Flores del DF, pero la altura me jugó una mala pasada mientras viajaba en el micro. Me tuve que bajar y comprar una Coca-Cola.
Ya con el azúcar corriendo por las venas, escuché fuerte y claro una voz que me decía: "¿Y si vas hoy a Oaxaca?".
Y fui.

No llegué tan rápido como lo antes expuesto. Básicamente tiré mis petates en la cajuela de un auto y con mapa en mano y olos ojos bien abiertos, enfilé para el lado de Puebla.
Me tocó de copiloto en realidad, porque lamentablemente (para el piloto), y afortunadamente para mí, no sé manejar (¿y qué? tampoco sé andar en bicicleta si vamos al caso, pero puedo andar en rollers, já!). Pero no se crean que la viví de arriba, porque tuve que aprender a descifrar el mapa de rutas, y además, leer el Trotamundos en voz alta, para pronosticar el ambiente de los lugares por los cuáles andaríamos ese día, durante las más o menos 8 horas que duraría el viaje.
Enfin, como les venía diciendo, la carretera pasaba por Puebla. El Trotamundos decía que es una ciudad muy linda, con capillas preciosas pero que la gente era demasiado conservadora (sólo que lo decía en español lleno de "ois" y "eis" al final de cada verbo).
Y cito:

" [...] detrás de esta fachada risueña, de brillantes azulejos, se oculta una burguesía conservadora, altiva y estirada, rígida, que representa la más rancia herencia de la época colonial. Puebla, la ciudad más española de México, le arrebató la supremacía a su vecina, la indígena Cholula, en el siglo XVI. Y todavía hoy subsiste en ella un cierto rechazo obstinado a la sangre indígena."

Esta opinión era compartida por el piloto, y bueno, en realidad por algunas personas más que me lo comentaron más adelante.

Sin embargo, ya el salir de DF fue tan aliviante para la mente. Sucede que DF es lindo, pintoresco y ecléctico, pero el estrés y la tensión, sumadas al smog, es casi asfixiante. La mente tarde o temprano te pide que bajes la pelota al piso. Y al hacerlo, una vez sorteados los últimos embotellamientos, la sensación de libertad es increíble.
El pasaje por Puebla me pareció hermoso. Además, son grandes productores de artesanías en barro, que se acumulan al frente de cada negocio, pintadas o no, grandes y chicas, más o menos originales.

Más adelante, allá en el horizonte, ví las cumbres de dos volcanes, que parecen conversarse. Cimas altas y blancas, realmente hermosas, en donde las nubes se incrustan cual perennes velos nupciales. Fue quizás la primera vez desde que había llegado al país digamos una semana y media antes, que realmente pude apreciar una puesta de sol, allí, en la carretera.

Y a medida que la ruta nos dio paso, el desierto nos dio acogida. De hecho, es la primera vez que veo un desierto y sabía que encontraría cactáceas allí, pero no me imaginé ver tan alta densidad de ellas. En cada recodo de los cerros que la carretera atraviesa (la de cuota, o sea, la que tiene peajes por tooooodos lados), los "órganos" se alzaban hacia el cielo como si fuesen lánguidos monolitos, o simbolizaciones cuasi fálicas que la aridez despierta. La alta densidad de estos órganos, verticales, se podía ver de lejos como si el cerro estuviese rayado. Entre estos, las matas de nopales y otros arbustos de estos climas, se compartían el espacio y el agua.

Pero los cerros en sí ya tenían su magia. El pasaje de la carretera tuvo que escindir a muchos de ellos, por lo que es fácilmente apreciable el dinamismo de los estratos, que se pueden encontrar en disímiles clivajes, incluso a veces, ondulados por el pliegue que genera la conjunción de las placas. Algo de la pasión geológica todavía sobrevive en este cuerpito.
Más se exaltó esta pasión, cuando un cartel anunció precausión, porque a unos metros se encontraba una falla. Y allí, a unos metros estaba, la fragmentación de los estratos, muy notable y evidente.

La noche ya venía cayendo, y venía repasado en voz alta todo lo que decía el Trotamundos sobre Oaxaca, sus lugares, sus boliches, sus costumbres. Las subidas y bajadas del trayecto me tenían los oídos desconcertados, entre tapados y destapados, pero al caer la noche, y ver finalmente a las estrellas de este hemisferio norte, creo que todos los males se me olvidaron.

Claro que el estupor me duró lo que duró esa nube enorme con rayos y ainda mais en aparecer por el horizonte... El asunto que a mi me inquietaba era nomás la probabilidad de escuchar los truenos. Por suerte, sólo llegué a escuchar unos pocos, en la lejanía, mientras un cartel con forma de toro gigante se recortaba en la penumbra y me hacía acordar al minotauro de Cortázar por alguna razón que no puedo definir. Llámenle locura nomás, que en esta casa nadie se ofende.

Al llegar a Oaxaca ya eran las 11 de la noche, y el piloto se merecía el descanso, así que fuimos directo a la casa de un nuevo anfitrión, Argel, un tipazo como hay pocos, que ostenta un bigote larguísimo que oculta enteramente su labio superior, y que me han dicho que para él es una imagen de respeto que quiere dar a los que se encuentran con él, puesto que llegada determinada edad, uno vivió lo suficiente, y sobrevivió a una considerable cantidad de cosas como para inspirar respeto en los demás. El bigote sería la representación física de esta idea. De entre sus delirios, rescato la buena onda del tipo, y su amor por la música, su carne con jengibre y sobre todo, el corazonzote abierto que nos dio techo y comida, e incluso nos dejó la casa unos días cuando él tuvo que viajar a otro lado. Impresionante Argel!!!

A la mañana siguiente abrí los ojos en Oaxaca, gracias a un gallo con reloj desajustado y al olor a huevos a la plancha o algo así, que mi estómago se niega a considerar como un buen despertador. Pero el sol pudo más, y para mí eso fue lo determinante. Venía acostumbrada a los amaneceres nublados del DF. La luz solar tiene un efecto notablemente positivo para el alma.

El primer paseo por la ciudad me llevó obviamente al centro, a la Iglesia de Santo Domingo, que es tan rococó que hasta produce un cierto efecto de polución visual. Por suerte existe una capilla muy cerca de allí, más modesta, hermosísima, y con la particularidad de que los pájaros entran allí y cantan, y el sonido es amplificado angelicalmente por los techos abovedados del edificio. Un lugar muy, muy recomendable.

Por supuesto, terminé paseando entre los estrechos y atestados pasajes del mercado, ojeando moles, chapulines enchilados, comprando flores de calabaza como si fuese lo último que comería antes de morir, quesillos, y probando el tejate, un brebaje fresco y delicioso a base de maíz, chocolate y jarabe, de la mano de una anciana de sonrisa ahuecada por la falta de algunos dientes, y las trenzas grises formando arcos en su cabeza. La versión que le toca probar a los turistas no es la misma que los indígenas elaboran en sus pueblos, donde dejan fermentar el cacao durante 7 meses bajo tierra... Supongo que la versión original del tejate debe tener algún efecto particular, si me pongo a pensar en todos los alcaloides del cacao y sus posibles potenciaciones luego de 7 meses de fermentación. Pero la anciana ronrió amablemente cuando nos dijo que ese sólo lo hacen en la casa, y agregó que les queda riquísimo, como para que uno se quede bien con las ganas de probarlo.

En otro de los mercados de esta ciudad, pude apreciar el esquisito trabajo de bordado y telar de las poblaciones lindantes, sobre todo en la extraordinaria variedad de huipiles, vestimentas tradicionales que las mujeres indígenas visten con singular orgullo, y suelen ser especialmente elaborados cuando la ocasión es un casamiento. En realidad es un retazo de tela rectangular, muchas veces de terciopelo, con un agujero en el centro para pasar la cabeza, y que luego es cosido en los laterales a modo de blusa, pero el bordado es tan atrayente que a pesar de la sencilla confección de la prenda, adquieren un valor elevadísimo una vez que esas manos especializadas han dado la última puntada de color. Esta blusa, por supuesto, tiene su falda correspondiente, con el mismo diseño en el bordado.

Saliendo de esos mercados, las calles de roca y antiguas construcciones del centro son un interesante paseo que en lo que duró mi estadía, estuvo en su mayoría deformado por el plantón de los maestros que allí colocaron sus toldos, sillas, hasta teles, en espera de una respuesta del gobierno estatal a sus demandas.
Lo más triste fue ver graffittis en los muros de roca verduzca extraída de los canteros locales, donde decía por ejemplo, "Tourist, go away", y que han estropeado parte del tesoro histórico de esa zona. El zócalo, deformado por esta manifestación, mezclaba aromas y colores, entre los carros de fruta y tamales de tacos, tolderías y vestidos bordados, manifestantes, y paseantes no del todo conformes con la situación actual de la ciudad.

Pero más allá de eso, el pueblo oaxaqueño es dulce, amable, y respetuoso, con una mayoría contundente de población indígena. Esto se debe a la conjunción de varias etnias desde la Sierra Madre, en su extremo más sureño. Por ello, pueden escucharse durante el paseo más de 20 dialectos distintos, siendo uno de los más destacados, el zapoteco. Descubrí además que según la fecha de mi nacimiento, mi nombre en zapoteco sería, Dixixhixiriv, que significa semilla de la música. Es difícil no quedar embelezado por las conversaciones entre representantes de las distintas etnias, cuyos sonidos son suaves o guturales, tan nuevos al oído, como si recién hubiese adquirido ese sentido.

Por otro lado, otra de las características más destacables de esta ciudad, es el inoportunismo de sus habitantes. Son ases en el acto de estacionarse en doble fila y dejarte trancado si querés salir. Paran en doble fila, y dejan el auto cerrado sin pensar en el pobre infeliz que va a tener que tragarse la puteada mientras espera para poder sacar el vehículo del encierro. Pero también se manifiesta esta cualidad en las decisiones que la ciudad toma de ponerse a levantar calles, arreglar caños, renovar plazas, justo en la época de mayor afluente turístico. Para nada prácticos, he de decirlo, sobre todo cuando la fiesta de la Guelaguetza, el más tradicional de los festejos de este estado, es tan inminente.
En esta fiesta, que se celebra en los últimos días de julio, se confunden los indígenas provenientes de las 7 regiones de Oaxaca y festejan todo acontecimiento local y familiar que no han podido festejar antes por falta de medios. Un festejo comunal de todo lo que pueda ser festejable, y que actualmente es financiado por los turistas que pagan grandes sumas de dinero en las entradas a los teatros donde se llevan a cabo los mayores espectáculos.
Lamentablemente, este año, por culpa de la manifestación de los maestros, esta fiesta tuvo que ser pospuesta, ocasionando grandes pérdidas a los distintos sectores que basan sus ganacias en esta época del año.
Ya en la fecha que estuve deambulando por ahí, los maestros se encargaban de entorpecer el funcionamiento de la ciudad, cortando calles de vez en cuando en las horas pico. Esto venía produciendo un gran descontento de los habitantes locales, que se veían como rehenes del conflicto, imposibilitados de volver a sus casas, o llegar a sus trabajos en tiempo y forma.

Durante mi estadía en esta ciudad, escuché la radio Nova FM 96.9, que ofrecía una gran variedad de música, mechada con unos cortos que hablaban de alguna de las tradiciones de México, con leyendas, o historias sobre los orígenes de alguna fiesta tradicional, y en la noche, se colgaba de lunes a viernes con el programa "Noches de Jazz", cuyo blog es una visita muy recomendable.
Justamente, escuchaba una leyenda que se cuenta sobre una de las calles del centro de la ciudad mientras me dirijía al Monte Albán, uno de esos días donde el cielo era un espectáculo incomparable. Mientras ascendía en auto por el sinuoso camino, las casitas en el valle se hacían minúsculos puntos de colores.
El Monte Albán recibe su nombre porque al momento en que fue descubierto, y a medida que fueron quitando la maleza que había cubierto casi por completo las ruinas del lugar, se encontraron con que todas las edificaciones estaban recubiertas de una tintura blanca. Lo espectacular de este lugar empieza por su emplazamiento. Desde la cima del monte se pueden ver todos los valles alrededor, hasta donde los ojos por fin encuentran el horizonte de la Sierra Madre. Pero a su vez, si bien no hay grandes pirámides como en Teotihuacán, estas ruinas tienen una presencia muy notable. El lugar era un centro de ceremonias, o como diría mi copiloto, de espectáculos. Parecen haber gradas todo alrededor de algunos montículos centrales, como para que los fieles se sentaran a disfrutar de los rituales, sacrificios y magias en homenaje a los dioses. Es a causa de la presencia de estas gradas todo alrededor que se ha creado tal reverberación en el área central, que las voces se amplifican notablemente. Estando en un vértice de ese área más o menos rectangular, se podía escuchar la conversación de las personas en el vértice opuesto. Existen relieves y esculturas, tumbas y sobre todo, guías, que te ofrecen sus servicios en cualquier idioma, y se saben de memoria todas las anécdotas del lugar. Prescindí de ellos, y mastiqué un poco de anís salvaje que crece entre el pasto mientras dejaba que el lugar me poseyera.
Por eso mismo, mi recuerdo de esta visita al Monte Albán despierta el sabor del anís en la boca, y me obliga a evocar el revoloteo de las mariposas (omnipresentes en toooodo México) mientras mis ojos trataban de difuminar la línea irregular del horizonte, y juntar el cielo con la sierra.
Quizás fue la magia y presencia del lugar, pero en ese mismo momento decidí que ésta no sería mi única visita a México, y me di cuenta que ya había acumulado la curiosidad, interés y emoción necesaria como para aventurar una decisión de vida. Pero no podía hablar. Hablar en ese momento parecía un sacrilegio. Me dediqué a sacar fotos del lugar y respirar la brisa, y dejar que el sol me tostara un poco la piel y desvaneciera poco a poco las ojeras.
Pero Oaxaca es un señor estado que baña sus tierras en el Pacífico, y ese era un destino ineludible. Después de descartar los lugares más turísticos como Puerto Escondido, la X fue colocada en Puerto Angel, cruzando la Sierra Madre y pasando por San Cristóbal del Pacífico, un pueblito asentado allá arriba, en la cresta de la sierra, entre las nubes y la niebla.
En el ascenso por el este, el bosque de coníferas, helechos, y muchos líquenes acapara la vista. El trayecto obliga a mirar puntos de referencia más o menos fijos, o de lo contrario, llevar una bolsita por las dudas de que el estómago no resista las vueltas, giros, a veces en U, bastante peligrosos, que sumados al ascenso, son un desafío a la biología humana.
La vegetación va cambiando a medida que se va llegando a la cumbre de la sierra, una vez que ya se ha atravesado el denso banco de niebla. No por nada este bosque se le llama "bosque de niebla". Pasando los 2000 metros de altura, los burros y chivos se atraviesan en la ruta, y se recuestan a dormir la siesta como si el peligro les resbalara.
Pero sin duda, el verdadero safari es el descenso, puesto que a penas uno cruza ese límite, el clima cambia completamente. El aire se carga de humedad, y el calor empieza a ascender rápidamente. Es entonces que las coníferas desaparecen casi en el acto y dan paso a los plátanos y lianas. La selva tropical lluviosa, en el descenso, con esa humedad, con las mismas sinuosidades en la ruta que pierde medio carril de ancho y carente de línea central o lateral, y con la lluvia que cayó copiosamente, estalló en mi cabeza. No les puedo explicar la sensación de adrenalina constante, la atención que abrió mis ojos de par en par para poder captar cada rayo de luz que la selva obstruía con obstinación, encimándose peligrosamente, y encerrando el espacio. De todas maneras, mi mayor preocupación era el que se produjera algún deslave en el camino.
Los habitantes de esta pendiente viven escasos de ropas y no conocen paraguas o pilot, porque pá qué! si llueve todos los días de la misma manera!
Por suerte llegamos a Puerto Angel sanos y salvos, luego de descifrar los anuncios carreteros, que como sucede en todo Oaxaca, son bastante poco claros. Recordaba de mis andanzas por Chile a un Océano Pacífico gélido. Pero aquí, se forma una bahía bastante cómoda que se calienta apaciblemente. Apacible, en realidad, en una impresión con la cual no hay que dejarse seducir demasiado, porque estas aguas siguen siendo igual de traicioneras que en el cono sur del continente americano.
Después de esas 6 horas de viaje, el hambre punzaba en el estómago, así el primer acto de presencia en este pueblo pesquero, fue, obviamente, comer pescadito en alguno de los restaurantes cuyos patios traseros están sobre la playa directamente.
Ya con el estómago lleno, le di rienda suelta a la cámara fotográfica y el rollo blanco y negro. También traté de manejarme con la digital, aunque sigo hasta hoy sin encontrarle el truco.
Llegamos en un momento muy particular, porque ese día se hacía un impase en el conflicto de los maestros y se estaba llevando a cabo una fiesta de graduación de la escuela.
Las graduaciones aquí, son fiestas muy comunes. Se festeja a la salida de la escuela, del liceo y de preparatorios, no sólo a terminar la universidad.
Me resultó muy simpático y pintoresco el ver a los habitantes del lugar, con la piel curtida por el sol durante años, y sobre todo a los niños, vestidos para la ocasión, pero sin perder de vista el hecho de que con el calor y la humedad reinante, no se necesita demasiada vestimenta.
Me quedé en la ceremonia el tiempo suficiente como para capturar estas imágenes.

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Lamentablemente, esta visita a al Pacífico oaxaqueño fue algo breve, y al retorno, desandando el mismo camino, pero ya con el factor de peligro extra que la oscuridad nos daba, el piloto necesitó hacer una pausa en determinado momento buscando un café. La verdad es que me dio bastante bronca el no saber manejar, porque esa travesía, de un día, sí que fue cansadora. Lo fue para mí, que nomás estaba al lado, tratando de controlar mi estómago y mis nervios, así que imagino que para el que maneja debe haber sido diez veces peor. (Si alguna vez se quieren aventurar, traten de turnarse al volante.)
Ante la carencia de café en el lugar de paso, unos buenos tacos con mucho chile surtieron el efecto despejador que buscábamos con el café. De ese parador guardo en mi recuerdo una anécdota hilarante que pone en evidencia la relación del mexicano con el chile. Digamos que presencié cómo un chile asado rabioso hacía llorar a dos mexicanos que se creen soportadores de toda picazón...
De vuelta en la ciudad de Oaxaca decsubrí dos cosas. La primera, que la cerveza no me emborracha a 1500 metros de altura. La segunda que más me vale no fumar nada distinto del tabaco a esa misma altura. Ah! Y una tercera: existen alrededor de 50 recetas que incluyen a la flor de calabaza como ingrediente.
A pocos kilómetros de la ciudad se encuentra un antiguo lugar de adoración, hoy convertido en paseo turístico: El Tule. El lugar debe sus visitas a la presencia de un Ahuehueté o Sabino, árbol de más de 2000 años cuyo nombre científico es Taxodium mucronatum, con un grosor de 58 metros, un diámetro de más de 14 metros, y altura de 42 metros, de acuerdo con el Sedaf. ¿Se imaginan tremendo árbol? Piensen nada más que pesa 636.107 toneladas... y que para rodear su tronco se necesitan decenas de personas. A un lado de este árbol han construido una capilla muy bonita, con una fachada de lindos colores, y han plantado rosales de distintos colores. Otro árbol de la misma especie, y a penas un poco más pequeño se encuentra a un costado.
Sólo puedo hacerme una mediocre idea de todo lo que este árbol ha visto pasar a lo largo de dos milenios en la tierra. Sin duda debió ser motivo de adoración en las épocas precoloniales, y debe haber albergado numerosas generaciones de animalejos entre su follaje y los recovecos de su tronco.
Oaxaca, la región de las nubes, la tierra del oro dulce (chocolate), el lugar donde se encuentra el mejor mezcal de México, con gusanito y todo, no me quería dejar ir. Pero había poco tiempo, y demasiado para ver, y el quedarme con cuentas pendientes me da la excusa perfecta para volver.
Así que recolecté mis pertenencias, me despedí silenciosamente de la casa tan hermosa que me me dio esa sensación de hogar por estos breves días, y me reencontré con la ruta, rumbo a Veracruz esta vez, en la costa opuesta.
Lo sé, no sé ahorrar palabras. Espero sepan disculparme y comprendan que he tenido que eliminar muchas cosas de este relato, para que no les de tanto miedo su extensión.
Pero antes de despedirme, déjenme decirles que si existe un lugar recomendable entre los que visité de México (y que fueron pocos en realidad comparados con la extensión de este país), este lugar es el estado de Oaxaca.

Si quieren conocer un poco más. Aquí tienen un raconto breve del lugar, y aquí información sobre los humedales de la costa.

Pórtense mal.

08 agosto 2006

Mexicaneando - Escena 7 - Los que pasan y los que quedan

Veracruz me recibió húmedo y caliente, en la noche, mientras buscaba la casa de mi amigo Pancho que me ofreció alojamiento después de 4 años de no vernos.

Pancho es un dentista especializado en cirugía maxilar, pero decidió dejar las latitudes y tensos deambulares del DF, vendió su auto, y se mudó a Veracruz, a poner su restaurante de mariscos, El Chiringuito, "el restaurante de la flota". Se ha endeudado hasta la médula, pero con algo entre manos que nadie le puede sacar, y es el orgullo de haber hecho algo de cero.

Así que le llevé un mezcal que conseguí en Oaxaca (relato que sigo armando), mientras me presentó a sus inquilinos emplumados de color verduzco, que de vez en cuando te dicen "errrrre con errre", o te silvan.

En mi breve estancia en Veracruz pude visitar un lugar muy pintoresco, cuna de músicos jarochos, llamado Tlacotalpan.
Me enteré que las casas de ese pueblo solían ser blancas, con columnetas en las entradas, que proveen sombra y facilitan la circulación de la brisa que es tan preciada, por lo que abundan las mecedoras delante de las puertas y las ventanas de las casas siempre están abiertas.
Sin embargo, un día vinieron a filmar una película y los productores decidieron pintar de distintos colores las casas de una cuadra entera de ese pueblo. Cuando la filmación terminó, la cuadra había quedado tan hermosa, que decidieron pintar todo el pueblo de colores. Tanto es así que se le pide a los habitantes del lugar que repinten sus casas cada año. Y cada año los colores van cambiando pero siguen siendo brillantes y llamativos. Este es un pueblo camaleón, donde el tiempo pasa lento en las horas de la siesta y las notas de la jarana de un anciano arrugado como papel son llevadas por la brisa y refrescan el paseo de sus visitantes.

Algunas curiosidades también aparecen de la nada entre las columnas y los callejones, como el "Mini Museo" y zoológico que no es más que una casa llena de antiguedades (no encuentro la diéresis) que un viejo armó, y dentro de la cuál además hay pelícanos, caimanes y tortugas, y donde te comen los mosquitos. Pero vale la pena, siquiera por lo curioso del encuentro.

Y mientras el sol te calcina la piel, como apoderándose de ella, y las hormigas me dejan una roncha memorable en el pie (que disminuyó después de tomar el antialérgico que me vendieron en esa farmacia a la antigua, con sus anaqueles llenos de frascos de porcelana), los pies se guían solos y el calor casi se olvida, aunque por las dudas siempre hay que tener una botellita de agua encima.

El contraste en la paz de esta ciudad es la fiesta de La Candelaria, cuando todos los músicos del son jarocho se reúnen a tocar mientras haya cerveza pa tomar, y mientras haya cuerdas en las jaranas. Entre el 31 de enero y el 2 de febrero, el pueblo hierve de gente y de movimiento, las calles se llenan de música y pareciera que el mundo se acabará al otro día. Pero el mundo sigue en pie...
No me han tocado esas fechas, pero sí se escuchan muchos relatos al respecto. Y sin embargo, parece que al final la fiesta dura un suspiro.

En el camino de regreso a la ciudad puerto de Veracruz, se pueden comprar jugos de ananá de una dulzura increíble, y aguas de coco, y camarones si uno así lo desea, en los pequeños puestitos humildemente decorados, pero con un particular orgullo sobreviviendo.

Es cierto, no es aconsejable encariñarse demasiado con la idea de nadar entre las aguas cercanas al puerto de Veracruz, pero el paseo en la noche es una delicia, y a pesar de que los turistas se adueñan de los espacios en ciertas horas de la noche, si uno puede concentrarse en la experiencia personal, puede disfrutar de la caminata entre artesanos y músicos callejeros.
Así fue que me hice de algunas cuántas imágenes de las cuales les dejo una muestrita porque aún me falta revelar y escanear (sólo puse algunas de la digital que todavía no tiene mucho feeling conmigo, y quizás no tengan la calidad deseada, pero sí considero que son significativas).

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Los que pasan y los que quedan... Esta foto del arpero es la razón del título de esta crónica.


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Conversando con Pancho y las dificultades que ha encontrado para que las personas que trabajan con él estén realmente comprometidas en sus quehaceres diarios, me quedó la impresión de que el veracruzano no tiene una noción clara del tiempo. O tal vez lo he visto desde un lado demasiado poético. Quizás se pueda asociar ese concepto atemporal de la vida de un veracruzano tipo, como haraganería o pereza, lisa y llanamente.

Lo cierto es que los habitantes de esta ciudad suelen dejar que la vida pase a fuerza de jaranas y comidas, y largas siestas que la humedad aplasta. Sin embargo, nada les quita lo amables, y sonrientes, como nadie les quitará ese acento particular que tienen al hablar, y esa comunión con la música, que los más ancianos traspasan a las nuevas generaciones, entre conversación y conversación.

Pero la ciudad, si bien portuaria y a nivel cero (algo que mi cuerpo agradeció contundentemente), no me hechizó como sucedió con otras ciudades. Mi estancia allí fue corta, lo suficiente como para que me quedara con curiosidad para un futuro lejano, o no. Por ejemplo, me quedé con ganas de visitar el acuario, porque llegué demasiado tarde para la última recorrida... La próxima será...

Muy pocos días después, la carretera se abrió paso como guía y horizonte, y a dos horas de viaje, me dejé hipnotizar por Xalapa. Cuando sea grande, voy a ser una callecita o callejón de Xalapa!!! Los pasos ascienden o descienden, pero las pendientes son casi una constante en esta ciudad repleta de estudiantes, de músicos, de pintores, de artesanos, de vecindades chiquitas y sobre todo, DE CAFE.

En Xalapa se encuentran las Universidades Veracruzana (UV), que es la del estado, la de Anahuac, y la de las Américas. Muchas de las casas antiguas han sido recicladas en pequeños apartamentos donde se alojan los estudiantes, aunque hay zonas con altas concentraciones de ellos, y otras donde casi no se ven.

Los cafetales crecen como hierba silvestre a las afueras de la ciudad, y es posible comprar el café en grano en sus múltiples variedades, o recién molido. Si bien yo no tomo café, su aroma siempre me llamó la atención, y de hecho, me recuerda a mi infancia comprando en Manzanares. Siempre digo que cada ciudad tiene su aroma particular. El de DF era más de tacos y tortillas de maíz, el de Oaxaca, sin duda sabe a chocolate y mezcal y a mercado, pero el de Xalapa, es el aroma a café.

Me alojé finalmente por unos días hacia las afueras de Xalapa, en medio de bosques, y pasando una carretera que a la altura del Jardín Botánico se deslavó por culpa de las últimas lluvias torrenciales, pero que es una delicia de paseo. Ya despegada del nivel del mar por 800 metros, me dediqué a la guitarra un poquito y a esuchar los programas radiales locales. "La mano peluda" es una muestra un poco patética de esos programas. En la noche, los radioescuchas llaman para contar sus anécdotas personales que rozan lo paranormal, aunque bien podríamos atribuir algunos de esos relatos al pegue de hongos o de marihuana, sin ninguna dificultad.

- Estábamos los dos ahí y entonces vimos la cara de un niño... Al principio nos reímos... pero después nos dio miedo... -

Creo que identifico Xalapa como una pausa en la maratón que me llevó de DF a Oaxaca, luego a Puerto Angel, y a Veracruz en un período de poco menos de una semana. Además, allí conocí personas sencillas y amables, que te hacen sentir bienvenida desde la primer sonrisa, y es quizás esa una de las principales razones por las cuales, al mostrar algunas fotos de ese lugar (prometo escanearlas a la brevedad), señalo con el dedo la imagen de una casa con escaleras de caracol diciendo: "Ahí es donde voy a vivir."

Antes de que me olvide! Si quieren comer bueno, bonito y barato en Xalapa, vayan a La Fonda o La Sopa, en el Callejón del Diamante una callecita angosta de pendiente pronunciada. Ambos lugares están pegaditos y se pueden ver artesanías todo a lo largo de la calle. Una preciosura de lugar...

Esto es todo por ahora... Ya estoy de vuelta en Montevideo, pero todavía me quedan algunos relatos pendientes. Espero que hayan disfrutado la lectura.

Pórtense mal.