01 octubre 2008

Liliputienses XIV - Música en bicicleta

- Me da miedo. -
- ¿Qué dijiste Mandy? -
Ella se me prende al brazo y repite.
- Que me da miedo ese carrito... -
Por la calle circulaba un triciclo empujado por el continuo pedalear de una señor de unos 40 pirulos, curtido por el sol. En la parte frontal, una especie de contenedor blanco pintado con letras negras que decían "Nieves del paraíso". De la parte trasera del triciclo salía un armazón que sostenía un toldito, y encima de éste un altavoz con musiquita como de organillo que se repite a sí misma cada 4 segundos.
- ¿El carrito de las nieves? Es muy común en este país. ¿Querés una nieve? Es como si sacaras la escarcha del congelador de la heladera de tu casa, lo pusieras en un vaso y le pusieras algún jugo del sabor que más te guste. -
- Es que me da miedo la música. ¿Me va a querer rastar? -
- ¿El de las nieves? Naah, no creo, pero ahora que la escucho, esa musiquita es tétrica en serio. Igual si pensaba en raptarte, no creo que pueda porque aquí estoy yo. -
Mandy pareció conformarse pero seguía apretando mi brazo.
- Bueno... - Dijo dubitativa. - Entonces sí quiero probar uno. ¿De qué gustos hay? -
Nos acercamos al carrito y preguntamos por las distintas opciones. Finalmente Mandy eligió una nieve de tamarindo porque el señor del triciclo le convenció con su sonrisa faltante de la mayoría de sus dientes que él era un especialista en las nieves de tamarindo.
Le pagamos y seguimos caminando. Por suerte Mandy finalmente soltó mi brazo para concentrarse en su nieve.
- Dhar... Sí es como el hielo del congelador de la heladera de la abuela. -
- Efectivamente, sólo que este se hace especialmente para las nieves mientras que el de la heladera no creo que esté muy limpio. Cuando era chica quería hacerme nieves con Coca-Cola pero me aseguraba de hacerlas cuando mi padre estuviese durmiendo una siesta, porque si se enteraba se armaba todo un lío en la casa. -
- Y acá te las venden. -
- Eso mismo pensé yo cuando llegué. -
Nos sentamos en el banquito de uno de los diminutos parques de la zona.
- Pero sabés Mandy, algunos triciclos o bicicletas de este país son iguales a los de Montevideo. -
- ¿Ah, si? ¿Cuáles? -
- Bueno, los afiladores por ejemplo. Hay uno que pasa por esta zona que usa el mismo instrumento que en Uruguay para mostrar que está llegando. En Chile también hacen lo mismo. -
- Ah, ese que se sopla, que es chiquito, con varios tubitos de aire... -
- Sip, le dicen silbato o chiflo o flauta de Pan, depende del lugar. Parece que todos tienen uno para anunciarse, al menos los afiladores que veo en las bicicletas. -
- Pero esos no me dan miedo, una vez uno me dejó mirar cómo afilaba la tijera grande de mamá, y la de coser de la abuela. Empieza a pedalear pero la bici se queda quieta y se mueve una rueda en donde puso la tijera y entonces salen unas chispas chiquitas. La abuela dice que no sabe qué va a hacer el día que el afilador no venga, porque el que pasa por mi barrio es siempre el mismo y está viejito como mi abuela. -
La ingestión de la nieve interrumpió nuestra conversación por unos instantes. Cuando ya no quedaba nada Mandy me miró sonriente.
- Al final no había que tenerle miedo. Es porque no sabía qué era que tenía miedo, pero ahora que ya sé, ya está. -

Por dentro pensé que lo mismo, igualito, pasa con todos los miedos.




Ya está!