14 enero 2009

EFECTO CINE

Muestra itinerante de Cine Nacional por Punta del Este, Santa Teresa, La Pedrera, Atlántida, etc.


PROGRAMACIÓN














Viernes 16 Enero
Santa Teresa, Rocha
LA CÁSCARA
HIT

Sábado 17 Enero
La Pedrera, Rocha
ACNÉ
CACHILA

Domingo 18 Enero
Castillos, Rocha
POLVO NUESTRO QUE ESTÁS EN LOS CIELOS
CACHILA

Viernes 30 Enero
Atlántida, Canelones
EL BAÑO DEL PAPA
DF (Destino Final)

Sábado 31 Enero
Lagomar, Canelones
LA CÁSCARA
CACHILA

Domingo 01 Feb
San Ramón, Canelones
JOYA
HIT


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Las funciones previstas para este fin de semana fueron suspendidas por mal tiempo.

Nuevas fechas:

8 de Febrero Lagomar Canelones
CACHILA
LA CÁSCARA

12 de Febrero San Ramón Canelones
JOYA
HIT

13 de Febrero Atlántida Canelones
EL BAÑO DEL PAPA
DF

07 enero 2009

Morelia, en palabras

Son unas 12 horitas desde Monterrey en bondi. Pavada de trayecto.

Recuerdo estar leyendo y que un señor entrado en edad se sentara al lado mío. Rápidamente se extendió en su asiento y parte del mío y empezó a roncar. Me conecté al mp3 pa escuchar a Dolina mientras la peli de turno, Gladiador, se dejaba ver en la única pantalla del vehículo con unas cuantas intermitencias, como si le costara sintonizar.
Era obvio que durante este viaje, como en tantos otros, tampoco iba a poder dormir. Ensayé algunas contorsiones y saludos al sol, levantando una pata a la altura de la ventana y poniendo la otra de ladito, en el poco espacio que mi vecino de asiento me había dejado, y mientras Dolina se ensañaba con un vendedor porque quería comprarle carteras de damas sadomasoquistas, se me dio por limpiar la condensación del vapor en el vidrio (es que por un rato la calefacción hizo estragos, pero alternaba muy bien con etapas de congelamiento absoluto).
Entonces fue que la vi. Finita, recostada, extraordinariamente roja. Una luna del color del jugo de jamaica que se hace en estas latitudes. No tiene nada que ver con el apocalipsis. En medio de la oscuridad más bien parecía una ventana abierta con luz tenue del otro lado.

Sin darme cuenta y contrario a todas mis expectativas, me dormí con esa imagen la retina. No fue mucho, quizás unas 2 horas. Pero fue suficiente como para generar ese dolor que sólo el dormir con la cabeza de lado, sin un buen soporte, puede causar.
Me despertó la voz de uno de los conductores del bondi anunciando la parada en Querétaro, con un acento hasta ese momento para mí desconocido. En este vasto país uno no deja de escuchar los distintos cantitos regionales al hablar, y éste no se parecía a ninguno de los que había escuchado en todos estos meses de vivir por aquí.
Desde ese despertar en Querétaro, me dediqué a leer, rever itinerario y repasar los lugares de tenía intenciones de visitar una vez en Morelia. Por suerte fue en esa parada que el señor carente de sentido del espacio propio y ajeno, sí, el mismo que estaba sentado a mi lado, terminaba su viaje.

Amanecí todavía en el bondi, cuando el conductor del nuevo acento anunciaba el arribo a Celaya.Al salir de este terminal, atravesé un camino de lagos extensísimos, que se perdían en el horizonte, a un lado y otro del camino. El sol matinal transformaba el agua en un espejo plateado y brillante que obligaba a entrecerrar los ojos. Entre esa luminosidad se podían distinguir aves zancudas haciendo equilibrio con una pata sobre algún tronquito vertical, pequeños patos dejando atrás una estela de ondas al nadar, y en alguna ocasión, se recortaba la silueta de unas canoas, con 4 o 5 personas extendiendo redes para mí eran invisibles, mientras el bote se deslizaba silenciosamente sobre la superficie acuosa.
Pronto se terminó ese paisaje de ensoñación y la urbe se dejó ver nuevamente, anuncio de que ya estaba en Morelia. Unos minutos más y pude bajar por fin del bondi, con un hambre de regimiento en las trincheras y mi carga a cuestas.

El hostal queda cerca del centro, a unas 10 cuadras de la catedral principal del Barrio Antiguo, así que en mi total ignorancia y desconocimiento de la ciudad me dispuse a parar un taxi en una de las calles laterales.Un taxita gordo se arrimó y me subí. Le indiqué la dirección y el gordo gesticuló con brazos abiertos pero sin mirarme ni una sola vez, al tiempo que espetó: “Al centro no voy, está todo cerrado ahí, no se puede entrar.”
Acto seguido me bajé del taxi con cierta desconcertación en la cara. Se ve que se me veía muy desvalida porque una señora que debía ser madre y abuela, con un balde que contenía lo que supongo eran unos manteles bordados, me dijo que no me preocupe, que me tome una “combi” que dice Centro que me dejaba en la catedral. El costo 6.50 pesos mexicanos.
A la combi le llevó unos 30 minutos llegar a la catedral. Me quedé pensando mientras mis ojos se posaban por primera vez en el campanario del monumental edificio, cuánto me hubiese salido el taxi si me hubiese querido llevar.

Preguntando se llegó a Roma, así que me dediqué a preguntar en dónde encontrar la calle de mi hostal. Parece que los lugareños que trabajan ahí no tienen mucha idea de dónde están parados. La tercer persona a la que pregunté fue la vencida. Resultó ser que estaba justamente caminando sobre la calle que buscaba, sólo bastaba con seguir la numeración. Luego de una interesante caminata, llegué al hostal Allende, sobre la calle homónima.
Había leído unas reseñas sobre este hostal que decían básicamente que estaba bien aunque no del todo limpio. Es una casa antigua con un patio central y dos pisos. Realmente he de disentir en el tema de la limpieza con aquellas personas que vinieron antes a evaluarlo. Me parece un lugar muy limpio, sencillísimo, ecléctico en su decoración, pero muy acogedor. El patio interior, en parte empedrado, en parte embaldozado, está muy bien cuidado. Lo único que lamenté es que ya no esté en funcionamiento la pajarera de la que había leído. Ahora era una jaula vacía, porque quienes allí trabajan no tenían tiempo para cuidarlos y los pájaros habían sido donados poco antes de mi llegada.
Es bueno que sepan algunas cositas de la habitación. Básicamente es un lugar chiquito donde cabe una cama de una plaza y media, y la única separación con el baño es un murito y un escalón. No hay puerta en el baño, pero a quién le importa, no hay nadie que pueda ver. Tuve que pedir algo para secar un charco que una gotera invisible había dejado en el piso del baño, pero finalmente decidimos que mientras no lo use, es mejor cerrar la llave del agua y abrirla cuando tuviese que usar la canilla o la ducha o ainda mais.
El hostal está pintado básicamente de azul y amarillo que contrastan armoniosamente con el verdor de las plantas y el follaje de los árboles del patio y algunos de los sillones de las galerías. En la noche, es un lugar muy silencioso y relajante, y uno puede elegir entre sentarse en una mesita del patio o en un cómodo sillón.
Me parece un lugar ideal para aquellos como yo, que tienen un presupuesto ajustado para estas escapadas, y que obviamente no se la van a pasar encerrados. De hecho, pedí una habitación sin televisión, no sólo porque es más barata, sino porque ¿pa qué?
A pesar de que se estaba desarrollando en Festival Internacional de Cine en la ciudad, todavía había cupos en este hostal, y los que ya estaban allí tenían edades comprendidas entre los 10 y los 70 pirulos. La cocina está a disposición mientras dejes limpio lo que usaste, así que calentar agua pal mate es tema resuelto; hay un mercado a dos cuadras para desayunar o almorzar. Todo está cerca y al alcance si no te molesta caminar un poquito para llegar al núcleo histórico de la colonia.

Luego de instalarme en mi mini habitación funcional con prevalencia de amarillos, me dirigí y hacerle honores a mi estómago compungido. Ante la perspectiva de todo lo que hay para conocer, opté por unos burritos “sin nada, absolutamente nada de picante” en un local de una esquinita, donde en la televisión estaban dando un maratón de telenovelas con Thalía como protagonista. Mientras comía, comentaba con el cocinero el final del capítulo de María la del barrio, y el capítulo 1ro de Marimar que le siguió.
Tuve que desembolsar la exótica cantidad de 3 pesos en curitas que tuve que comprar luego de haber recorrido el Museo del Clavijero, el Conservatorio de las Rosas, emplazado donde antes había un convento de monjas, el mercado de artesanías y dulces (oficialmente hecho para turistas; todo lo mismo, todo igual a cualquier cosa que ves en cualquier lugar turisticoso de México), obviamente, la catedral y los alrededores, y buscar infructuosamente el mercado de a de veras que me indicaron.
Compré el diario La Voz de Michoacán en una tiendita de revistas de una esquina (sí, como las de Montevideo). La razón por la cual elegí el diario en cuestión, es porque era el único diario local entre los muuuchos diarios disponibles. Conversando con el arquitecto que estaba en la oficina de orientación turística a la que fui más adelante para que me sugieran algunos otros lugares para visitar, me comentó que parece que quieren eliminar estos puestitos de revistas y diarios para dejar lugar a concesiones como Sanborns, para que estos negocios tengan lugar para poner mesitas afuera. Too pity.

Hablemos de comida.
Los mejores lugares para probar la comida de la región son los más alejados del centro. El pequeño mercadito donde desayuné ofrece lo típico de los mercados: quesadillas, menudo, caldos de res y pollo, caldo aguado, huevos como los quieras, albóndigas (que parecen ser el berretín de por aquí), café de olla, etc.
Sin embargo más adelante descubrí que hay que ir al mercado Independencia para probar el verdadero sazón: carnitas, cabeza de res, cuarepas (unos tamalitos en formas chiquitas, sólo de masa de maíz que se comen con crema y queso rallado y alguna salsa roja por ahí), dulces de cajeta, ates, mole moreliano, gazpachos (ensalada de fruta picada finito con jugo de naranja, crema, chile y queso rallado).

En la cena de mi primer noche en la ciudad me encontré con un amigo que participaba del Morelia Lab con un documental, digamos, distinto. Obviamente, no nos veíamos desde que dejé el paisito hace unos 20 meses más o menos (más más que menos) y la charla se basó en ponernos al día.

- Es un buen momento para vivir en Uruguay. A pesar de todo... - Me dijo.

- Lo sé... - Le contesté. Pensaba lo difícil que uno termina haciendo las cosas más sencillas. Pero él sabía lo que pensaba aún sin decirle una palabra. Pasamos fácilmente de un tema a otro, como si hubiésemos charlado la semana pasada. Finalmente nos pusimos de acuerdo para que haciera caso omiso de sus talleres matutinos y recorriéramos la ciudad al día siguiente, sino de qué le valía haber viajado tanto (bueno, sí, estaba el documental con el que concursaba, pero como él mismo aseguró más adelante en la semana: "Yo ya gané, ya vine hasta acá!")

Al día siguiente mi amigo pasó tempranito por el hostal, y luego de unos mates de rigor, salimos a desayunar. Mi idea era que desayunara un poco más al estilo mexicano, así que lo llevé al mercadito más cercano al hostal, cuyo segundo piso está dedicado a las comidas corridas (nombre genérico que se le dan a las comidas hechas en grandes cantidades, como las de una rotisería uruguaya con menú del día, sólo que un poco más variado).
Como no pude convencerlo (a mi amigo) de que comiera menudo (mondongo) o quesadillas, le pedí un café de olla, y unos huevos revueltos a la dama que nos atendía. La señora obviamente interpretó que los dos comeríamos huevos, así que en contra de sus deseos, terminó desayundando algo más proteico que el café, cosa que luego me agradeció, ya que pasaron muchas horas antes de que pudiésemos almorzar.

Recorrimos las calles del barrio antiguo un poco sin rumbo y otro poco buscando el mercado Independencia. Tuvimos que pedir indicaciones en una plaza de la cual salían varias calles.

- Aquí dobla y sigue derecho. No hay pierde. - Nos dijo una muchacha rozando la adolescencia.

Y tenía razón, no hay pierde en esta ciudad. De alguna manera uno termina llegando a donde sea que se proponga en este mosaico, porque hay carteles, indicaciones, y cuadrículas bien definidas.

El mercado Independencia no difiere mucho de un clásico y tradicional mercado mexicano. Los he conocido más exóticos, como en Oaxaca, más coloridos, como el mercado de flores del DF, pero en esencia se trata de la misma serie de corredores donde te venden ropa, electrónicos, accesorios, zapatos (en especial los guaraches hechos a mano), máscaras de luchadores, elementos de cocina de madera, cerámicas con trabajo de talavera, semillas, moles de todo tipo, juguetes de madera, chucherías, muchas frutas y verduras que son atípicamente hermosas y relucientes, carnes, gallinas, pescados, yuyos, y allá, al final, están los locales de comidas corridas, por donde uno no puede pasar sin que lo llamen a probar las delicias del día.

Tal cual me sucedió a mí cuando entré por primera vez en uno de estos mercados, mi amigo quedó fascinó por el techo de piñatas de todas clases colgadas por encima de nuestras cabezas en los puestos de frutas, o de ropa, o de lo que sea. Esta es una de las tarjetas de presentación inimitables que tiene México.

Uno de los pasillos del mercado reunía a todos los vendedores de mole, que en su estado puro se asemeja a una masa oscura, entre roja y marrón, dependiendo de las proporciones de chocolate y las de chile y pipián que les pongan. Unos son llamados moles rojos, otros poblanos; los hay verdes, los hay almendrados. La base en la elaboración es básicamente la misma, pero cada región de este país fabrica su propia variedad agregando algún ingrediente local.

Esta masa de mole se disuelve en caldo de pollo por lo general, transformándolo en una salsa con la que se acompañan las carnes, principalmente pollo o chochán, como pueden apreciar en esta receta. El resultado es una mezcla de sabores dulces, picantes, fuertes y salados.

Pero bien, cuando uno está eligiendo mole de las grandes palanganas que obran de ollas donde los vendedores muestran su producto, te dan a probar con unas cucharitas descartables, el sabor puro y sin disolución, para que uno decida cuál se lleva. El mole rojo suele contener, además de los chiles de rigor, algunos chiles más que lo transforman en una bomba de picor.

Conocedora de esta característica, decidí jugarle una chanza a mi amigo. Preparando mi lengua y mi mente a lo que se venía, acepté una cucharita de pasta de mole rojo para probar, con lo cual mi amigo decidió también arriesgarse.

No transcribiré aquí la sucesión de puteadas que siguieron por parte de mi amigo.

- Es algo que te tiene que suceder si venís a México. En algún momento te tenés que enchilar. - Le respondí entre risas.

- Pero se supone que te tengo a vos justamente para evitar que me pasen estas cosas! - Me gritó.

- Es cierto, pero algunas cosas en la vida es mejor que las vivas sin asesoramiento. -

Recompensé mi broma de mal gusto invitándolo a comer en el fondo del mercado unas cuarepas bien deliciosas, para que se le fuera el gusto a mole puro recién descubierto por el paladar.

En los días que siguieron recorrí gran parte del centro de la ciudad, ya sea sola o acompañada de mi amigo uruguayo así como de mis recientemente conocidos productores de otras partes de Sudamérica que también participaban del Morelia Lab, con sus respectivos cortos.

De hecho, conocí a estas personas en mi segunda noche en la ciudad, gracias a haberme colado en uno de los vernissages que costean las distintas productoras y/o distribuidoras de películas participantes del Festival Internacional de Cine de Morelia. Bebida gratis, música de fondo y extraños shows como el de la odalisca acompañada de unos tipos en zancos que usaban máscaras de la tragedia griega y hacían que, o pretendían que en algún momento tocaban un ritmo definido en unos tambores. No miento, todo eso estaba junto en escena...

Así fue que conocí los representantes de proyectos de cortos provenientes del DF, Monterrey, Colombia, Ecuador, Panamá, Perú, Venezuela, Bolivia, Brasil, Argentina, etre otros. Todos participaban del Morelia Lab, que es básicamente un taller y concurso a la vez. Este año, este taller se dedicaba a enseñar como armar un pitch para vender un proyecto fílmico, y los participantes, que venían cada uno con su proyecto para un corto documental de alguna índole, debían aplicar las enseñanzas a su proyecto y básicamente venderlo, frente a un jurado. El ganador al cabo de esa semana, se hacía acreedor de unos 5000 dólares; el segundo premio, una cámara de filmación profesional, y el tercero.... bueno, la verdad no me acuerdo qué pasaba con el tercer puesto.

Entre las propuestas para cortos de los distintos participantes, algunas llamaron mucho mi atención y espero poderlas ver realizadas en algún momento. Realmente el premio de este concurso casi no merma la exigencia presupestaria de este tipo de propuestas, pero al menos es un reconocimiento al proyecto que ayuda a muchos de una manera u otra.

El taller se llevaba a cabo en uno de los teatritos del Conservatorio de las Rosas, que supo ser en el pasado un convento. Se trata de una edificación de dos niveles, con un patio central, alrededor del cual unos corredores con columelas y arcos atrapan el sonido que se escapa de los salones de ensayo y se mezclan. En el patio fue emplazada una estatua de bronce con la figura de un director de orquesta (del cual no supe el nombre), en actitud de estar dirigiendo. Parece que esta presencia ayudara a que los sonidos y el revolotear de los insectos, especialmente las mariposas, se sincronizaran en un hermoso ballet.

La proliferación de músicos en la ciudad es tan grande que tuvieron que expandir el conservatorio con edificios anexos en frente al ex convento, y otros un poco más alejados de este epicentro. No es extraño entonces estar caminando por alguna de las calles céntricas, y escuchar una sinfonía escabullirse por la ventana abierta de una casa.

Al costado del conservatorio se encuentra el Templo de las Rosas, la capilla anteriormente adosada al convento.

Muchos de los lugares a visitar en esta ciudad fueron o siguen siendo conventos y seminarios, y otros, las casas de habitantes ilustres que han sido transformadas en museos. Existe un gran riesgo de quedar saturado, empalagado de lo sacro, si uno decide visitar todos los lugares sugeridos para el turista. Creo que es mucho mejor apuesta elegir uno o dos, y luego, dejarse guiar por los pies, y el azar, para encontrar la esencia del lugar.


Uno de mis paseos solitarios (que terminaron siendo solitarios porque no dejaron salir a los chicos de laboratorio de pitchs), fue la caminata a lo largo del acueducto. Recorrer tranquilamente todo el largo de esta construcción lleva unos 45 minutos, entre fotos y paradas, y ojeadas dobles a algunas casas. Uno puede además deternerse en alguna de las plazas del camino y admirar el pasar del tiempo, y lo inmutable de las capillas (porque en Morelia no hay plaza sin capilla). Existe además un gran parque llamado Bosque Cuauhtémoc, en donde descubrí unas cuántas ardillitas (y al hombre-ardilla que las alimentaba), como pudieron ver en las fotos. Supuestamente, y según un mapa de Morelia, sobre un lado de este parque deberían encontrarse el Museo de Arte Contemporáneo Alfredo Zalce y el Museo de Historia Natural Dr. Manuel Martínez Solórzano. Sin embargo, nomás le vi la fachada en arreglos del primer museo, y el segundo fue transformado en una dependencia del DIF para asesoramiento a la mujer... Me quedé con las ganas, sin duda.

En el punto donde comienza el acueducto se encuentra la plaza Villalongin con la Fuente de Las Tarascas, que te publicitan como una de las mayores atracciones, y que no encontré fuese tan maravillosa. Sin embargo, ahí al ladito nomás, recorriendo un poquito, se encuentra el Callejón del Romance, una callecita peatonal angosta, con construcciones coloniales, con gran predominancia de la roca como material de construcción, y unas placas de talavera (algo así como azulejo) con frases o poemas, enmarcada por Santa Ritas, que en estas latitudes son llamadas buganvilias, deformación de Bougainville, que fue el conde que las introdujo en Europa.
Me debo una visita nocturna a este callejón, ya que tiene muchos bolichitos interesantes que obviamente estaban cerrados cuando pasé por ahí al mediodía, pero que prometían ser experiencias interesantes para tener.

Ese día me llovió, y también llovió cada noche, a partir de las 6 de la tarde, o un poquito más tarde. Lamenté no haber previsto este pequeño inconveniente, para evitar el tener mis pies continuamente mojados, y escaso abrigo. Me gané mi gripe triunfalmente, ya de regreso en Monterrey, pero no hay mal que por bien no venga.

Entre mis reiteradas invasiones a los cocktails del Festival de Cine, la lluvia, y el tequila, me convencí que la ciudad tiene todo, todo lo que una ciudad debe tener de interesante para que uno pueda desarrollar los múltiples intereses que tiene en la vida. Le falta nada más tener una costa, una rambla, pero el resto está ahí. Está la arquitectura, está la historia, está la actividad cultural, el folklore, están las comidas y bebidas tradicionales, están los mercados, está la música, está el dinero para desarrollar proyectos, y más importante aún, está el interés del gobierno local en desarrollar proyectos culturales. Están también las manifestaciones, como pude apreciar en la calle principal de la catedral, cuando los taxistas se reunieron a protestar por los taxis piratas.
Contrario a lo que pueden pensar, no protestaban porque estos taxis circularan, sino porque los estaban levantando si no tenían persmisos. La manifestación se organizó para defender la fuente de trabajo de estos taxistas, en espera de que puedan regularizar su situación.

Para quienes son un poco despistados, les aconsejo como primer paso antes de aventurarse por el núcleo céntrico de Morelia, el conseguir un mapa. Las calles allí cambian de nombre cada dos cuadras, aunque no haya ningún accidente geográfico que la interrumpa. De repente cruzás la calle mientras vas caminando por Allende, y resulta que ya no caminás por Allende, sino que por Valladolid.

Hay que volver a Morelia. Adivino después de mi corta estancia, que fue de una semanita nomás, que hay mucho más ahí donde el mapa turístico no llega, que vale la pena conocer.
Además, si uno no está acostumbrado a los lujos, puede conseguirse gastar poco y nada en la ciudad, sin pasar hambre y sin dormir en la calle.



Ahora espero que le den una segunda ojeada a las fotos de mi publicación anterior, que acabo de enmarcar en este relato, para que le encuntren mas sentido.

Que les aproveche.