21 diciembre 2009

Me llevo una

Cuando iba a la escuela, en algunas de esas tareas obligatorias, mi padre me ayudó a construir un ábaco. Es decir, la maestra pedía que llevaras uno, pero por alguna razón se me ocurrió que no había que comprarlo sino fabricarlo.
Así que engatucé a mi padre para que me enseñara a hacerlo o más bien para que lo hicera y yo mirara el proceso. Siempre me gustó ver el proceso de creación de las cosas.
Allá subimos al altillo, ex taller de mojos varios de mi padre, ex cuarto oscuro para revelar diapos, ex cabina de radioaficionado de 40 mts, ex salita de cachivaches, ex lugar de hombres para hombres que aman hacer circuitos y aparatos eléctricos como el detector de peces eléctricos de descarga débil como los carapos que abundan en las aguas de los lagos uruguayos (detector que aún se sigue usando).
Subir al altillo por esa escalera de barco de madera implicaba que había recibido un permiso especial por parte de mi padre así que mi exaltación era doble.
Primero me dio una maderita para lijar, trabajo que podría realizar sin problemas y con mucho entusiasmo. Mientras, él se dedicó a doblar unos alambres en forma de U. Consiguió unas cuentas de plástico de colores que engarzamos en los alambres y éstos fueron colocados diestramente en la tablita ya barnizada. Mi abaco quedó pipí-cucú.
En la escuela, muchos de mis compañeros trajeron unos ábacos más pro, de tienda de artículos escolares, pero yo estaba chocha con el mío, manufacturado, de marca familiar.

Con este ábaco aprendí a sumar.
Se abrió ante mí una nueva dimensión del mundo que me era indómita. Ahora sabía llevarme una y agregar una cuenta en el lado de las decenas. Mis números escritos se traducían mentalmente en colores, y las restas se transferían en ausencias de color. Sumar era entonces descubrir que aparecían nuevos colores en mi mente. Así de retorcido venía desarrollándose mi razonamiento.
Más adelante descubrí la calculadora científica de mi padre, con multitudes de teclas con símbolos extraños, y donde los colores no existían. Usaba números que no podía describir, y apretaba botones al azar para ver qué pasaba en la pantallita con barritas negras.
Aparecieron mis primeras experiencias con el mensaje "Err" indicando que había llegado a un punto en el cual ni siquiera la calculadora podía expresar los resultados numéricamente.

Del color al número y del número al error entendí que ni siquiera la maravilla de esta nueva dimensión podía abarcarlo todo. Por ahí había alguna cosa que estaba faltando para completar la idea.

Entonces terminó la escuela, y llegó el liceo, y con el liceo aprendí que los números se combinaban con símbolos como x e y, y que éstos se traducían en formas, en gráficos, en diseños (algo que había empezado a entender cuando me llevaron al curso de Logo).
Entonces empecé a jugar mentalmente con la idea de juntar mis números con color con las x y las y con forma y de ahí surgieron imágenes completas donde cada cosa que miraba podía asociarse a una abstracción matemática. Estaba fascinada, pero no podía compartir este pensamiento con ninguno de mis compañeros. Ya era considerada medio nerd, así que comentarios sobre mis abstracciones numéricas no contruibuirían a una vida social saludable en el marco liceal.

Y sin embargo seguía faltando algo. Mi padre llegó al rescate una vez más.
Me sentó adelante de esa computadora, me creó una acceso y me dijo: "Jugá con este juego". El "juego" era un programa de simulación de ondas sonoras. Podía anotar mis x y mis y con mis números-colores y aparecía un gráfico (que ya conocía), y entonces apretaba una tecla y escuchaba un sonido. Mi cerebro explotó, o casi.

Ahora no sólo habían colores, números, gráficos y errores. Había sonido. Entonces hablaba por un micrófono y otra pantallita conectada al lado, una chiquita y azul escribía varias ondas a medida que hablaba (que ustedes dirían que es un osciloscopio), y la computadora traducía fragmentos de estas ondas en números. Mi voz podía ser un número, una ecuación, una gráfica.

Paralelamente a estos descubrimientos matemáticos, descubría las letras, mientras intentaba aprender a tocar mi nueva guitarra y hacer canciones. Y también descrubía el microscopio y una nueva forma de asomarme al mundo. Para rematar con broche de oro, alguien me introdujo en el pentagrama y la maldición se completó en forma definitiva.

¿Cuánto tiempo ha pasado desde entonces? Bastante. Pero sigo viendo formas y colores cuando escucho música y cuando canto. Algunos conceptos mentales se incorporaron a mi forma de ver al mundo, luego de mi cruzada universitaria. Y todos ellos han ido completanto mi, en aquellos tiempos, nueva dimensión.
Existe en mi persona un fraccionamiento mental que todavía conserva esa capacidad de asombro que me invadió durante mis sesiones con el ábaco, y la sensación extraña que no llega a la frustración cuando me topo con mensajes de "Err", y la maldita costumbre de asociarlo todo, observando para ello cada detalle, cada pieza del puzzle.

Será por eso que no me siento muy distinta a años atrás. No considero que haya llegado a un punto donde ya no pueda aprender más conceptos o formas de ver el mundo, no veo razones de arrepentimiento ni de añoranza profunda, no espero del futuro cosas mejores, pero sí creo que el presente puede ser infinito (en colores, formas, sonidos y sensaciones).


Es cierto, sigo siendo medio nerd.



PD. No se crean que nomás escribo esto porque está por caer mi tercer ficha en el lado de las decenas.