27 enero 2010

Tomate tu tiempo

He venido escuchando mucha música, de muchos géneros y orígenes. Es bueno volver al principio de las cosas, a revivir la sensación de descubrimiento que inspira la música. Sirve para no olvidar la esencia de lo que uno hace, o intenta hacer cuando se dedica a esto del arte.

La primera vez que recibí una clase formal de música, lo primero que me dijeron fue: lo más importante en la música es el silencio.
Esta aseveración no me pareció ilógica, ni arrancada de otra dimensión. El ritmo y la armonía, las cadencias, la emoción musical, todo se acentúa en los silencios. Llenar de notas el espacio y el tiempo pierde sentido si no hay puntos y comas en el diálogo.

He reafirmado esta convicción en estas últimas sesiones musicales. De todo lo que escucho he notado que lo que me llega más son las composiciones e interpretaciones donde no sobran notas, donde cada inflección tiene su momento, su razón de existir y los músicos se toman su tiempo para dejar "ser" a la obra.
Es difícil actualmente hacer esto. Cada vez hay más y más músicos buenos, ejecutantes buenos. La competencia, si así puede llamarse, es grande.
¿Cómo despegarse del pelotón? ¿Cómo dejar tu huella personal en la música? Muchos optan por demostrar su virtuosismo. Es muy común, sobre todo en el mundo del jazz, ver que los músicos deambulan por el rango armónico de su instrumento, tratando de hacer sonar la mayor cantidad de notas posibles en el menor tiempo posible. Es saturante. Como comentaba un músico en una entrevista que escuché recientemente, no existen o no deberían existir super héroes en la música.
Y es cierto, hay una cuota de humildad y entrega, que un músico debe tener para poder lograr el desarrollo de algo auténtico, genuino, que no esté empapado de egos superlativos, que le haga honor a la obra en sí misma.

Claro que muchos dirán que es una cuestión de gustos y de estética, que esa percepción es subjetiva, como sucede con todo arte. Sin embargo mi comentario va más allá de mis gustos personales. Existen algunos géneros musicales que francamente no me gustan, o no me siento identificada, o no me transmiten emociones en la misma medida que otros. Y en esos traté de despojarme de mi opinión subjetiva, y concentrarme en todo lo demás. Descubrí que el silencio sigue siendo un factor primordial en una pieza musical de calidad.
Sin ese silencio justo y necesario, los ritmos vagan y son inconstantes, los timbres de los distintos instrumentos se confunden y se pierden en un ruidaje general, la mente se confunde e intenta comprender y no puede disfrutar. El interés del que escucha se desenfoca y la canción pasa a ser parte del montón y el fácilmente olvidable.

Obviamente, el silencio no es lo único importante, el lenguaje lo es en la misma medida. Cuando dos personas hablan, las palabras que se usan, la manera en que se dicen, el movimiento del cuerpo que acompañan, todo tiene una vital importancia para que el mensaje sea transmitido de manera correcta.
En la música, las notas, los timbres, el campo armónico, las letras, pueden definir, dibujar perfectamente, o equivocar el mensaje de manera irreparable. Si una nota se sale de su órbita, quien escucha (sea o no una persona entendida en materia musical), lo percibe. Si una palabra queda cortada entre silencios o unida a otra por la falta de silencio, se pierde el significado, si un instrumento toca fuerte o estridentemente cuando se quiere transmitir una emoción frágil o volátil, o al revés, si casi no toca, no dialoga cuando se trata de transmitir una afirmación emotiva fuerte y claro, entonces la comunicación no funciona.

Un ejemplo clásico es la forma en la que los uruguayos se han acostumbrado a cantar el Himno Nacional o la marcha Mi Bandera. Porque nadie entona "entre el molar", nadie quiere decir que es "libertado con Gloria", y no son "bravo senfieras batallas" que inflaman de entusiasmo.
Al dar yo misma clases de interpretación, el hacer hincapié en estos factores, sobre todo cuando se canta en español, es algo que nunca dejo de lado.
Otros idiomas no tienen quizás este handicap tan marcado. Por eso se habla de "idiomas musicales" cuando alguien se quiere referir a la facilidad que presenta tan o cual idioma en ser cantando sin perder el valor de las palabras.

¿Qué pasa por la mente de un compositor cuando crea una obra musical? A veces no sucede concientemente, pero todos estos detalles entran en juego. Un buen compositor se toma el tiempo de corregir el mensaje antes de parir la obra al interlocutor. Es difícil, lleva tiempo tener esa práctica de poder evaluar si el mensaje será recibido en buena medida como uno lo quiere enviar. Luego viene la sorpresa, porque cada interlocutor hace su propia evaluación de la obra, inconcientemente. Define si le gusta o no, define si se siente identificado o no, y redefine el mensaje en base a su propia experiencia.

En la escritura se comenta mucho el hecho de que una vez que un libro sale publicado y es leído, deja de pertenecer al autor, y empieza a ser del lector. Lo mismo pasa con la canción al ser escuchada. Cada persona va a tomar de ella lo que le es más cómodo y redimensionar toda la obra. Es una de las maravillas del arte.

Se preguntarán entonces el por qué concentrarse en la composición, invertir tanto tiempo en buscar la mejor combinación de silencios, notas, intenciones, timbres, palabras, si al final quien escucha no va a recibir el mensaje completo.
Ahí está el jeito. El artista persigue un objetivo, pero eso no quiere decir que lo alcance. La diversión está en la búsqueda e inconcientemente logra que quien escucha busque también.



PD. Como ejercicio, les propongo que escuchen 5 temas de diferentes géneros. Incluyan algún género que "no les guste" particularmente. Escuchen cada tema como la primera vez. Escriban a medida que escuchan qué es lo que les gusta del tema y que es lo que no (quizás haciendo dos columnas para cada tema). Los resultados son interesantes.

04 enero 2010

Lo justo

Era un verano de insomnios prolongados. En aquellas épocas no dormía durante 72 horas y consumía alrededor de 4 litros de agua por noche, escuchando música, a veces con la luz encendida, otras en la penumbra total.
Prendía inciensos para lograr entrar en un estado de descanso meditativo de todas maneras. El dulzor de los aromas invadía rápidamente el pequeño dormitorio y se mezclaba con las guitarras de una canción que no me cansaba de escuchar.
Yo sabía la razón de esa vigilia. Tenía miedo de dormir y de soñar con caídas interminables. Acababa de sufrir un accidente del que la suerte y la presencia de personas capaces de reaccionar en esas circunstancias, me ayudaron a salir ilesa. Pero no se trataba sólo del soñar con la muerte lo que me provocaba ese estado de alerta permanente.
Estaba preocupada por mis sentimientos. El día de ese accidente hice un descubrimiento sobre ellos que me dejó perpleja. Tenía miedo de ellos, y de las consecuencias, de todo lo que a mi alrededor se vería afectado por lo que mis decisiones ocasionarían.

Cuando se combinan distancias, presentes, anhelos, circunstancias, decepciones y descubrimientos, expectativas y arte, las emociones más volátiles se condensan. Es imposible no tener miedo. Es imposible hacerlas a un lado e ignorarlas... Pero es lo justo.