03 marzo 2010

Libertades e hilos

Fui aprendiendo el significado de la libertad, como concepto, desde pequeña. El himno nacional uruguayo habla de ser libres o morir, las noticias hablan de la cárcel, la historia habla de libertad, libertinaje y anarquía.
Pero fue más tarde que aprendí que la libertad, como estado del ser humano tiene cotas por todos lados.

En mi adolescencia fui probando lo que para mí era ser libre, tomar mis decisiones, regocijarme en mis logros y sobre todo, asumir las consecuencias de mis equivocaciones. Pero esto fue proceso largo, plagado de pasos en falso, con lecciones aprendidas a veces en las peores formas.

La libertad en sociedad tiene normas, tiene límites y fronteras, que nos ayudan a vivir en comunidad, a interactuar, y a respetar. Algunas de ellas son puramente morales y difieren de una sociedad a otra, otras son legales, y otras son autodidactas. Uno va atando hilos, poniendo anclas en donde más le parece, para ir ajustando ese concepto a la vida diaria.
Cuando menos lo esperas, eres esa maraña de relaciones, de paranoias, de miedos y costumbres, de rutinas y de aspiraciones, de horizontes y fronteras, de amistades y enemistades, de compatibilidades, de aciertos, de errores, de recuerdos, de vicios, de convicciones, de emociones, y todas estas partes conforman lo que tú elegiste como libertad.

Tengo en lo que llevo vivido, todas esas anclas e hilos cargados en mi mochila personal, y no estaría hablando de ellas hoy si no fuera porque una de ellas está plantada, enterrada, enraizada y floreciendo en Chile.

He ido tres veces a Chile, por distintas circunstancias, y las razones para regresar se van acumulando hasta que la presión es tan grande que debo hacer algo al respecto.
En estas tres visitas, a veces demasiado cortas, he realmente alimentado mi idea personal de libertad. Allí probé ser yo misma, lejos de las ataduras sociales que limitan en tu propio país, allí aprendí el valor de una amistad que no identifica parámetros como la distancia o el tiempo, y experimenté el silencio.
Me enamoré en Chile numerosas veces; primero del verde, y los colores de las flores, de la música, del lenguaje, luego de su gente en general, y por supuesto de algunas personas en particular. Allí me refugié en retiro espiritual luego de haber vivido una de las circunstacias más difíciles de mi vida, allí empecé a cicatrizar esa herida profunda.
En ese país aprendí a valorar la discusión abierta y sin terquedades, la palabra dicha y la no dicha, aprendí a sacrificar un sentimiento por una persona por el bien de otra, aprendí a ver más allá y enfocar mi pesada cámara Zenit para que refleje esa visión nueva de las cosas, allí conocí el Pacífico y la montaña, las arenas negras, y probé las ostras y el pisco.
Me perdí varias veces, hice dedo, conocí el arte en otra forma, conocí lo atesorable de la historia, pude discernir finalmente a un charlatán de un conocedor, entendí que la poesía puede estar en cualquier lugar sin por ello ser redactada, que la humildad no necesita gritarse, y la honestidad no se dice. Allí cometí errores de otras índoles que aprendí a superar.

Ante las circunstacias que está viviendo este hermoso país luego de un terremoto que tendrá su lugar en la historia, no puedo más que sentirme orgullosa de tener una de mis anclas clavadas en ese lugar del mundo.
La reacción conjunta de su gente para de inmediato reponerse a las consecuencias del sismo y sus réplicas, la voluntariosidad que tienen de ayudar al otro, sin importar el tiempo consumido o la falta de recursos, la rapidez con la que pusieron en marcha distintos sistemas para asegurarse de que todo chileno encontrara a sus familiares, sin importar en qué parte del globo se encontrara. Todo lo que veo que está haciendo Chile para levantarse me llena de orgullo.

Alguien comentaba, aunque de mala manera, el hecho de que en el caso de Haití, nuestras reacciones como parte del cono sur no fueron las mismas. Y es cierto, y no hay culpa al respecto. Lo más natural es que uno sienta más empatía por la situación de un ser que conoce a un desconocido. Nos sucede todo el tiempo, cuando vemos el hambre, la miseria, las carencias sociales y educativas de Africa. Nos conmueve, genera algo de reacción en nosotros; pero los medios y nuestro interés personal no ayudan a que nuestra emoción esté enfocada en esos países de tal manera que nuestra tristeza y solidaridad se involucren íntimamente con esas realidades.
Para el uruguayo promedio, Haití es otra isla de por ahí, del norte, pero Chile es del Cono Sur, un hermano sudamericano, o tal vez una persona en particular, con nombre y apellido.

Este es mi caso. Allí están algunos de mis amigos más entrañables. De todos ellos, aún no he logrado encontrar a la mitad. La otra mitad me cuenta lo que siente y lo que vive, lo que ve, y el paradero de sus familiares y allegados.
Hay fe y voluntad para recuperarse prontamente. Hay ganas de seguir adelante, y eso es lo que moviliza a todo ese pueblo con una meta en común.
He sabido de reacciones similares en otros países, como en México, cuando un terremoto causó estragos en la capital.

Una sociedad sabe el valor de sus libertad y la necesidad de unirse para que esta libertad esté equilibrada. Chile sabe hacer uso de esa libertad, y conoce el trabajo y la energía que es necesaria para recuperar su propio equilibro.

Por esto confío en que saldrá adelante y será un ejemplo para otras naciones, para otras sociedades.

FUERZA, AMIGOS!!!!