21 junio 2010

Liliputienses XV - Mandy explota

- ¡Ayudame, Dhar! - En un gemir telefónico que me sonó a agonía.
- ¿Qué pasó? ¿En qué te puedo ayudar, Mandy? -
- Necesito que me ayudes a no ser ella. -
- ¿Ella? ¿Quién? -
- Mi madre... No quiero ser como ella. - Me espeta Mandy, entre llantos.
- A ver... Contame. Decime qué pasó. - Atiné a reponder tratando de tranquilizarla.
- Es que... es que... (moqueo)... que... Bueno. Te cuento. ¿Te acordás cuando mi padre se fue?
- Si, me acuerdo. - (Imposible no hacerlo)
- Bueno, antes de que se fuera ya discutía con mi madre. Eso creo que sabés también. Pero entonces yo tenía esperanzas de que mejorara, porque yo miraba con atención, como me enseñaste, las señales. Entonces mi mamá estaba siempre muy enojada con mi papá, y mi papá nunca hacía nada para que no se enojara. Me acuerdo que antes de que se separaran, ellos discutían, o no, a veces ni siquiera discutían, pero papá se encerraba en el cuartito de la computadora, o se iba a la calle. Cuando eso pasaba, veía a mi mamá siempre mirando la puerta. Cuando papá se encerraba, mamá se quedaba mirando la puerta del cuartito, y a veces se paraba y se acercaba a la puerta, a veces parecía que iba a abrir la puerta. Pero entonces no sé que le pasaba, se entristecía, y ya no la abría y se alejaba de la puerta. Yo la espiaba desde el fondo, pero ella nunca me vio. Y lo mismo cuando papá se iba a la calle. Ahí, ella se quedaba mirando la puerta, y abría la persiana de la ventana, y yo creo que estaba siempre atenta al ruido de las llaves, de cuando papá volvía, y entonces se iba a acostar. -
- Ok, te sigo... ¿Entonces? - La alenté.
- Entonces, Dhar, yo nunca entendí por qué cuando discutían, ella no le decía nunca que lo esperaba, que quería que volviera, que se preocupaba. Tampoco nunca le dijo que lloraba atrás de la puerta del cuartito de la compu. Yo siempre pensé que si le hubiese dicho, que lo esperaba siempre, que lo buscaba, que quería arreglar las cosas, entonces nunca se hubiesen separado. - Mandy hace una pausa esperando mi respuesta.
-Ay, linda, no sé si eso hubiese cambiado las cosas. Había mucho más que faltaba ahí. -
- Pero ella estaba enamorada. Lo sé, porque la vi. Y cuando papá se fue, ella se puso así toda enojosa, y empezó con sus cosas conmigo que no me gustan nada, y creo que es porque está triste y sola porque papá no está. -
- Es muy probable. Es bueno que entiendas lo que le debe estar pasando a ella. Pero entonces no entiendo por qué me decís que no querés ser como ella. -
- El otro día vino papá, un rato. Estaba arreglado, por eso del día del padre. Yo había hecho unos dibujos en la escuela y se los quería mostrar y entonces él vino. Mamá se fue a la cocina y no salió de ahí. No se acercó, no le preguntó cómo estaba, nada. No entendía nada. Así que le pregunté a papá. -
- Ehh, ¿qué le preguntaste? -
- Le pregunté por qué se iba esas veces, o por qué se encerraba. ¿Y sabés que me dijo? -
- No, contame. -
- Me dijo que porque quería que mamá lo buscara o lo siguiera, que le mostrara que le interesaba. -
- Noo! ¿En serio? - (Oh, paradoja)
- Y entonces me enojé mucho. Me enojé con papá por hacer eso, y con mamá por no hacer lo que quería hacer pero no se animó. Me enojé con los dos. Son unos bobos. Si en lugar de encerrarse o irse, o lo que sea, hubiesen dicho lo que sentían, lo que querían, nunca se hubiesen separado. Y entonces los junté en la cocina, donde estaba mamá, les grité lo bobos que son y me fui, y me encerré en mi cuarto. -
- Noooo! ¿Los dejaste ahí en la cocina y te fuiste? -
- Si. - Me dijo Mandy, terminante. - Para que se cuenten y se hablen de una vez. - Y entonces su tono se volvió a entristecer. - Pero me salió mal, Dhar. -
- ¿Por qué? -
- Porque en lugar de hablar de ellos se pusieron a hablar sobre mí y que a quién de los dos había salido, y los escuché que decían que salí gritona como mi mamá y enojona como papá porque me encerré en el cuarto. -
- Jajajajajaja! Bueno, la verdad tienen un punto. Al final hiciste lo mismo que tu papá, y lo mismo que tu mamá. -
- ¡Pero no quiero ser como ellos! No quiero sentir algo y que quedarme ahí parada en la puerta sin decirlo, no quiero esperar a ver si otra persona adivina lo que quiero y me siga y eso. Esas cosas de los grandes no las entiendo nada. No quiero ser grande y ser como ellos. No quiero estar tan triste. No quiero estar esperando como mamá a que suenen las llaves en la puerta para poder dormir. Quiero a mi papá de antes, el que se reía, el que inventaba juegos que ni mi Amigo Invisible puede imaginar, y a mi mamá de antes, la que bailabla en la cocina y no me decía de todo para que merendara o terminara los deberes. -
- Mandy, ese papá y esa mamá que tenías, están ahí, en algún lado. Tú los conociste cuando eran así. Pero ahora necesitan curarse. Es como cuando te quebraste la muñeca, y te pusieron el yeso. Por un tiempo, mientras te curabas, no podías mover la mano y tenías que usar la otra para hacer todo, una con la que no estabas acostumbrada a hacer ciertas cosas. Incluso después que te sacaron el yeso, tuviste que ir a fisioterapia, hacer ejercicios con la muñeca, primero despacito, para que vaya recobrando movilidad. ¿Te acordás? -
- Ajá... -
- Bueno, con el corazón de las personas es lo mismo, o parecido. Tus padres tienen un yeso todavía, porque se lastimaron mucho. Y no están acostumbrados a andar por la vida con un yeso en el corazón. La herida todavía duele, todavía tiene que sanar, y aún después de que cicatrice, tienen que ejercitarse para recobrar eso que eran, tienen que practicar mucho. Ahora... sí estoy de acuerdo en eso de que de a poco tienen que hablar, pero capaz que lo que tú hiciste fue demasiado repentino para ellos. Todavía no es tiempo de sacarles el yeso, y cuando sea la hora, no te preocupes que ellos mismos lo harán. -
- Pero entonces, ¿yo me puse un yeso también? -
- No creo, linda. Lo tuyo fue nomás una explosión como de bombita brasilera, más que un yeso, y creo que al final no fue tan malo. Ahora al menos tus padres saben algo que antes no sabían el uno del otro, y también se dieron cuenta de que tú sabés, lo cual debe ser un alivio. Decime una cosa... nomás de curiosa... ¿cuando hablaban de tí, se reían? -
- Hummm... gritaban, pero sí, se reían un poco. ¿Cómo sabés? -
- Porque la risa es el mejor remedio, Mandy. -

03 junio 2010

3:06 AM

La primera vez soñaba con montañas. Soñaba con ascensos, con riscos, con la brisa allá a lo alto. Escalaba mentalmente todas las cumbres, como objetivos, pero sin llegar a la cima. Me maravillaba la idea de subir, de encontrar a cada paso algo nuevo, de descubrir.
Alguna vez resbalé, y el golpe fue duro. Sacudí mis rodillas, me quité el polvo, y miré hacia arriba, donde el sol proyectaba la sombra abrigadora y un sinnúmero de recovecos para investigar.

La segunda vez ya no soñé. Fui a ellas, llegué a las montañas. Me quedé sin aliento, descubrí en mi mente poblada de penillanuras que hay puntos más altos, y también, más profundos. No podía creer estar allí, y trepar, y palpar la roca, sentir el calor, abrazarme, aferrarme y que fuese tangible.
Desde entonces, admiré, adoré y amé una montaña como nunca. No pensé que hubiese otro lugar donde estar.
Amanecía escribiendo notas, cartas, mensajes, sobre cada cosa nueva que veía o sentía, aunque sonara redundante. Me acostaba sintiendo el calor cercano, el aroma nuevo, o que a mí me parecía nuevo cada vez. Lloraba de emoción cuando el silencio me rodeaba. Era feliz.
Claro que hice concesiones. No es lo mismo vivir en la penillanura que estas tremendas elevaciones. Pero entre los pros y los contras, la montaña siempre ganaba.

Así fue durante años. Así pensé que sería por mucho tiempo más.

Sin embargo, la montaña no es inamovible. Cede, se agita, se sacude, y con ella se lleva a cualquier escalador que ande en la vuelta. Esta vez fue a mi. Me lanzó una piedra desde la altura y se quedó inmutable mientras yo sangraba. Me lanzó otra piedra y otra y otra, y finalmente tembló entera y me arrojó al vacío.
Me paré, desde el fondo de la fosa donde caí. Le reclamé una explicación, le pregunté por qué, qué hice de malo, le grité, no dejé que me viera sangrar o llorar. Las montañas no hablan, sólo se deshacen de lo que sienten que les sobra, y no vuelven a permitirte acceso a sus cumbres ni sus rincones.

He estado acampando en su base. Cada tanto hay un deslave que me sepulta. Cada tanto hago algún otro esfuerzo para asomar mi cabeza entre los escombros. Ya no es mi montaña. Ya no hay refugio cercano. Su sombra ya no me acoje, mas me asusta, me hiere.

Un humano y una montaña... Parece fábula o mito. Pero es verdad. Me dejé fascinar por un sueño. Creí en lo que oía cuando soñaba. Me convencí que podía hacerlo. Parece que las montañas tampoco sueñan, o me hubiese entendido, y hoy no me haría sufrir tanto.



PD. Hay que levantar campamento.

Me recuerda a algo que había escrito hace bastante tiempo. Parece que al fin de cuentas, la historia es cíclica.