Alguna vez resbalé, y el golpe fue duro. Sacudí mis rodillas, me quité el polvo, y miré hacia arriba, donde el sol proyectaba la sombra abrigadora y un sinnúmero de recovecos para investigar.
La segunda vez ya no soñé. Fui a ellas, llegué a las montañas. Me quedé sin aliento, descubrí en mi mente poblada de penillanuras que hay puntos más altos, y también, más profundos. No podía creer estar allí, y trepar, y palpar la roca, sentir el calor, abrazarme, aferrarme y que fuese tangible.
Desde entonces, admiré, adoré y amé una montaña como nunca. No pensé que hubiese otro lugar donde estar.
Amanecía escribiendo notas, cartas, mensajes, sobre cada cosa nueva que veía o sentía, aunque sonara redundante. Me acostaba sintiendo el calor cercano, el aroma nuevo, o que a mí me parecía nuevo cada vez. Lloraba de emoción cuando el silencio me rodeaba. Era feliz.
Claro que hice concesiones. No es lo mismo vivir en la penillanura que estas tremendas elevaciones. Pero entre los pros y los contras, la montaña siempre ganaba.
Así fue durante años. Así pensé que sería por mucho tiempo más.
Sin embargo, la montaña no es inamovible. Cede, se agita, se sacude, y con ella se lleva a cualquier escalador que ande en la vuelta. Esta vez fue a mi. Me lanzó una piedra desde la altura y se quedó inmutable mientras yo sangraba. Me lanzó otra piedra y otra y otra, y finalmente tembló entera y me arrojó al vacío.
Me paré, desde el fondo de la fosa donde caí. Le reclamé una explicación, le pregunté por qué, qué hice de malo, le grité, no dejé que me viera sangrar o llorar. Las montañas no hablan, sólo se deshacen de lo que sienten que les sobra, y no vuelven a permitirte acceso a sus cumbres ni sus rincones.
He estado acampando en su base. Cada tanto hay un deslave que me sepulta. Cada tanto hago algún otro esfuerzo para asomar mi cabeza entre los escombros. Ya no es mi montaña. Ya no hay refugio cercano. Su sombra ya no me acoje, mas me asusta, me hiere.
Un humano y una montaña... Parece fábula o mito. Pero es verdad. Me dejé fascinar por un sueño. Creí en lo que oía cuando soñaba. Me convencí que podía hacerlo. Parece que las montañas tampoco sueñan, o me hubiese entendido, y hoy no me haría sufrir tanto.
PD. Hay que levantar campamento.
Me recuerda a algo que había escrito hace bastante tiempo. Parece que al fin de cuentas, la historia es cíclica.





5 comentarios:
Un fuerte, fuerte abrazo. Cualquier cosa avisá.
Gracias, linda. El abrazo era lo que necesitaba.
Otro abrazo fuerte.
Hay otros caminos, otras praderas... otros paisajes. Siempre.
Gracias, Blu.
vamos arriba!
en una roca es una ilusión el pálpito de una vida, lo que queda es la vista, el aire, la escalada, la aventura y todo lo llevas contigo, lo demas es y seguirá siendo eso, dura y fria piedra.
quien esta desconforme con todo lo que le rodea es porque jamas abrió un ojo, ni siquiera para sacar una foto.
un beso y bienvenida
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