Llegó al fogón con sus amigos, se sentó en la ronda, y de la nada cayó, como de costumbre, la guitarra en sus manos.
- Hoy no quiero tocar guitarra, nomás cantar y agitar los shakers. - Dijo.
Pero fue en vano.
Así que entonó lo que su corazón le dictaba. En el leve ascenso de las palabras, sintió la concentración a su alrededor, unas miradas como cuñas, unos oídos sonriendo a la letra de una canción que jamás habían escuchado antes.
Se conmovió de volcar lo que el momento le inspiraba, en acordes simples, en palabras en desuso que asimiló nuevamente.
El aire se cargó de una espectativa. Lo sintió así, pero no dijo nada. Y no dijo nada, porque debía seguir cantando.
Más adelante el fogón discurrió en otras tonadas, otros climas, improvisaciones. Otros instrumentos se sumaron a la guitarra y la voz... percusiones, otras voces, otras cuerdas sonaron.
En el medio, la hoguera chispeó, se alzó, y un roce silenció el momento. Pero el canto nunca cesó.





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