16 enero 2011

Perfil XXIV - Una más

En el rincón se acumulan las sombras y las humedades de las paredes descienden hasta llegar a la altura del sillón que en años pasados era claro y limpio, y hoy está sucio, roído, ahuecado y solitario.
Allí se sienta él todos los días, desde la mañana, cuando escapa a las sábanas, con dos o tres ceniceros a un lado, desbordando colillas a medio fumar, el control del televisor que a pesar del zapping, jamás atina ningún canal o programa que sea mínimamente bueno o interesante. En los últimos tiempos, los programas de la tarde que cuentan chismes de personas que creen ser famosas o dignas del respeto ajeno, ventilan sus vidas privadas, acusan, rezongan, se quejan, se justifican y autocompadecen, para que el público tome parte de una vida que no es la suya.
En el sillón que se hunde bajo su peso, que se ennegrece con el paso de los años, se van acumulando las miserias no expresadas que él teme decir. De igual forma se acumulan a su alrededor las cosas. "Cosas" que no son nada, no son importantes, ni siquiera últiles, ni bonitas, ni prácticas, ni necesarias. Objetos que hace años que no toca ni admira ni usa, que ya olvidó que tiene, que ni siquiera le pertencen en su totalidad. Las "cosas" se han apropiado de la casa, hasta el techo, reduciendo el espacio alrededor del sillón, pero también invadiendo habitaciones, dormitorios, patios, escaleras, corredores, azoteas, frentes y costados, mesas, sillas... El polvo y las telas de araña lo cubren todo; la humedad se encarga del resto.
En la casa huele a rancio, a sucio, a polvo, a encierro, a humedad y pichí de perro. Ya casi no hay luz, ya casi no se reconoce el color original de las cosas, ya casi nada funciona. Los aparatos electrónicos, los mecánicos, los muebles, todos han sufrido y pagado el costo de este encierro y abandono.

Son las once de la mañana, hora de levantarse para él. Arrastra los pasos hacia el sillón, seguido del perro casi pelado, infectado de pulgas y de carácter imprevisible. Prende la radio, prende la tele, prende un cigarro y destapa la botella de vino. Se sirve una copa, se sienta en el rincón, hace zapping en la televisión muda, sólo por ver las imágenes danzar en la pantalla, mientras en la radio discuten sobre el conflicto sindical de turno, consume medio cigarro y traga su primer copa de vino.
El mediodía y la tarde se desarrollan de la misma manera, con la sola excepción de la radio se apaga y se sube el volúmen del televisor.

Hoy recordó que tenía que ir a algún lado, pero no tiene ganas. Se siente cansado y ya olvida cómo hablar. Cuando su esposa le pregunta algo, responde mecánicamente, como si fuese otro botón en su control remoto. Ya no recuerda cuando quería cambiar el mundo con ella, cuando tenía tantos proyectos y esperanzas en lo que podría aportar a la humanidad, cuando creía en la pasión o en el amor, en la ciencia, en el hombre, o en cualquier cosa, cuando se reía de la religión y se enorgullecía de su sentido común, de su inteligencia, de su savoir-faire.
Hoy es un inválido y hace lo mínimo imprescindible para mantenerse vivo, aunque sin objetivo ni inspiración que lo guíen.

Hacia las ocho de la noche, llama a su hijo y balbucea unas palabras. Su hijo llora por dentro. No ha conseguido que su padre asuma su enfermedad, ni que se libere de las cosas acumuladas en su casa. Su padre niega que haya algún problema, niega que la casa haya sido invadida de objetos, niega que no pueda parar de beber alcohol desde que se levanta hasta que cae rendido, niega tener aliento alcohólico o balbucear cuando habla, o arrastrar los pies, o quedarse hipnotizado frente a la televisión basura, o haber dejado de trabajar, niega que repita las cosas como cinco veces en una misma conversación, niega que necesite ayuda.
La llamada se corta. No es necesario marcar de nuevo. ¿Para qué? ¿Qué más diría a su hijo?
De un tiempo a esta parte se ha venido sintiendo amenazado por tanto reproche. El ruido se acumula en su mente. Entonces es cuando trata de despertar del sopor diario y la invalidez para mostrarse interesado en su progenie. Pero no profundiza sobre ello, porque esto implicaría sacar a la luz cosas que no quiere atender en este momento.

Al cortarse la llamada, su esposa le dice:
- Pará de tomar, che! -
- ¿Si casi no tomé hoy? Son unas copitas nada más. -
- Pero estás arrastrando las palabras otra vez. - Le contesta ella mientras mide el líquido restante en la botella de vino de 2 litros, que ya casi está vacía.
- No me rompas los huevos, mamá. - Le dice.

Y se sirve una más.