18 marzo 2011

Para el que hable más fuerte y claro

Uso mi voz en distintos niveles. La uso para hablar, para comunicar mis opiniones, mis aciertos y desaciertos, mis reflexiones, mis emociones (en la medida que pueda definirlas), mis sentimientos, mis alegrías y frustraciones. Cuando mi voz no alcanza para estos usos, uso mi cuerpo, mis expresiones faciales, mis gesticulaciones, mi andar, mi inmovilidad. Tanto es así que ni yo ni nadie lo hace concientemente, sino que voz y gestos van de la mano a la hora de comunicar.

También uso mi voz para expresar algo que siento que va más allá. Cuando canto, las palabras y los gestos se suman a la música, y comprendo que no hay mejor manera para mí de comunicación, tan completa, tan íntima y que me deja en evidencia, como si posara desnuda frente al oyente.

De los procesos más largos y que todavía continúo investigando, es cómo y hasta que punto la comunicación verbal debe o no hacer acto de presencia, y cómo y de qué forma, cantar puede ser un canal de comunicación completo y sustancial en mi vida. Es difícil no desconcertarse de vez en cuando en este proceso de conocimiento. Lograr esto que les cuento implica primeramente, encontrar otra voz, más importante: la voz interna.

Desde mi tierna edad hasta hoy, encontrar mi propia voz, en todos los niveles, en materia de pensamiento, de encontrar mi camino, mi forma de sentir y de ver el mundo, comprender que mi punto de vista no es errado si hay personas es desacuerdo con él, sino que es otro punto de vista más en el mundo, y artísticamente, entender que hay excelentes cantantes e intérpretes en la vuelta, mucho mejores que yo, pero que yo puedo aportar otra faceta, personal, a la interpretación y a la música, ha sido una tarea difícil, llena de obstáculos, de tropiezos, pero sumamente enriquecedora. Ha implicado otro proceso que es el de amarme a mí misma, valorarme por lo que soy, mis potencialidades y mis defectos, y no dejar que los últimos definan mi existencia.

Aprendí, o mejor dicho, vengo aprendiendo, a caerme y levantarme, a corregir, porque eso es importantísimo: asumir la equivocación y el error, y CORREGIR. Para eso uno debe vencer varios fantasmas, empezando por el ego propio, siguiendo por el orgullo, y en casos extremos la propia soberbia y vanidad que nos aqueja, eliminar la culpa, dejar de creernos invencibles, aceptar la ayuda de otros si es ofrecida de corazón, no dejarse convencer por cualquiera que se crea en posesión de la verdad absoluta y te regale un consejo que no pedías, solamente por el afán de mostrar superación personal (que en muchos casos no existe).

Dolina lo dijo mejor que yo en reiteradas ocasiones: "A mi no me asustan los ignorantes o ingenuos, ya que hablan desde su falta de conocimiento y eso es perdonable; a mi los que me asustan, para mi los que verdaderamente son de temer, son los estúpidos". Si bien es una fuerte aceveración, con etiqueta y todo, no puedo más que estar de acuerdo.

Si para mí encontrar mi voz interna ha sido y es un trabajo constante, difícil y eterno, yo cuento con la ventaja de haber crecido en una familia donde mis progenitores decidieron que la mejor manera de que crecieran sus hijas, era darles las herramientas para que ellas pudieran decidir por sí mismas, que puedan observar, analizar y sacar conclusiones de una situación, y se manejen con la mayor independencia posible. Eso, sumado a una cuota de détachement emocional, donde jamás me sentí una posesión de mis padres, sino todo lo contrario, lograron que mal o bien, con altos y bajos, yo encontrara el camino que decidí transitar, aunque no sea el más fácil, aunque esté plagado de etiquetas y prejuicios, pero cuyo recorrido me hace feliz.
Y más adelante en el camino me crucé con mentes afines, con emociones compartidas, con personas que, muchas veces en forma involuntaria, me han ayudado a seguir definiéndome, y seguir creciendo, corrigiendo, buscando.

Sin embargo, no todos tienen esta suerte (si puedo llamarle así). En estos últimos meses he visto cómo las voces internas de varias personas pero sobre todo de una en particular han sido manejadas, manipuladas, confundidas, redirigidas a placer por quienes se suponen que deben apoyar las elecciones que alguien hace en pos de su felicidad. He visto incongruencias en el discurso, he visto presiones externas impuestas para mantener a la voz interna acotada y aprisonada dentro de un marco que no le es propio, he observado cómo las acciones no se condicen con la oratoria de turno, cómo el trabajo fino de influencia sanguínea se mete por las venas de quien quiere libertad, para decidir, para crecer, para ser feliz.
He visto manotazos de ahogado de esa voz interna, en intentos desesperados por hacerse oír, intentos condenados al fracaso en dos o tres intercambios verbales fuertes y muchas veces, irrespetuosos del otro.

Me entristece, me hace sentir impotente el no poder arrojar luz o salvavidas a esa voz, porque no me corresponde, porque quién soy yo, con qué derecho o autoridad moral podría meterme en ese juego tan desparejo e injusto a defender qué, a pelear por qué...
Sin embargo siento urgente que haya un cambio, una parada, una crisis que cambie ese estado de las cosas, antes que sea demasiado tarde, antes de que esta voz se mimetice con las otras y se convenza de que debe ser así, de que no debe nadar a contracorriente, y se de por vencida.

No pensé estar en esta posición de ver lo que ocurre a mi alrededor, cuando mis propias circunstancias exigen hoy de acciones propias, mías y personales en pos de mi propia vida y felicidad. Las casualidades no existen. Quizás puedo reconocer esto que ocurre tan cerca de mí, porque yo misma estoy en un estado similar, o quizás esas circunstancias se acercaron a mí porque me encontraba receptiva a las mismas.

Me encantaría poder encontrar una certeza, una solución, aunque primitiva y parcial, para poder ser trampolín de un despertar, de un cambio para esa voz interna que mes es ajena, que no es la mía. En mi análisis y diagnóstico preliminar de lo que veo y entiendo que sucede, no encuentro la forma, ni gestos, ni palabras que no suenen trilladas, cliché o que no sean una imposición de mis propias opiniones.

Entonces me quedo patéticamente ahí, observando, escuchando, analizando, sin poder decir ni una sola frase, ya que no es requerida, no sería prudente. La impotencia me invade y mi propia voz se encuentra entonces en ese conflicto de intereses que me es ya bastante familiar. ¿Hasta que punto mi propia felicidad, mi propio avance puede ser detenido en pos de la felicidad o avance de alguien más? ¿Dónde está ese límite? ¿Cómo convencerme a mi misma de que debo seguir adelante con mi vida, cuando la de otros en mi camino está trastibillando y necesita una brújula?

La respuesta desde el centro de mi ser: silencio.

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